Santiago había superado sus propias tormentas. Tenía una carrera estable, un matrimonio roto a sus espaldas y no tenía hijos. Rara vez hablaba de su pasado; solo decía:
«Perdí algo preciado. Ahora solo quiero vivir con honestidad».
Nuestra relación se desarrolló lentamente, tranquila, genuina, sin caos. Me trataba con paciencia y ternura, como si fuera algo delicado que quisiera proteger. La gente susurraba, preguntándose por qué una chica de veinte años se enamoraría de un hombre dos décadas mayor, pero a mí no me importaba. Con él, me sentía segura.
Un día me dijo:
Quiero conocer a tu madre. No quiero que nos escondamos más.
Se me encogió el estómago. Mi madre era estricta y cautelosa, pero yo creía que si nuestro amor era real, no debía tener miedo.
Así que lo traje a casa. Santiago llevaba una camisa blanca y un ramo de cempasúchil; las flores que mencioné eran las favoritas de mi madre. Lo tomé de la mano mientras cruzábamos el viejo portón de nuestra casa en Tlaquepaque. Mi madre estaba regando sus plantas cuando nos vio.
Ella se quedó congelada.
Antes de que pudiera decir nada, ella corrió hacia él, lo abrazó y rompió a llorar.
—¡Dios mío...! ¡Eres tú! —gritó—. ¡Santiago!
El aire se sentía pesado. Me quedé inmóvil, completamente perdido. Mi madre se aferró a él, temblando, mientras Santiago la miraba con incredulidad.
“¿Eres tú… Thalía?” susurró con voz temblorosa.
Mi madre levantó la cara y asintió con desesperación.
«Sí... eres tú de verdad. Después de más de veinte años... ¡estás viva, estás aquí!».
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
"Mamá... ¿conoces a Santiago?"
Ambos se giraron para mirarme. Por un momento, ninguno dijo nada. Entonces mi madre se secó las lágrimas y se sentó.
Lina… hay algo que debo decirte. De joven, amé a un hombre llamado Santiago… y él es ese hombre.
Sentí una opresión en el pecho. El rostro de Santiago palideció. Mi madre continuó, con voz temblorosa:
Cuando estudiaba en una escuela técnica en Guadalajara, él acababa de graduarse. Estábamos profundamente enamorados, pero mis abuelos no lo aprobaban. Decían que no tenía futuro. Y entonces... Santiago tuvo un accidente y perdí todo contacto. Pensé que había muerto...
Santiago exhaló, sus manos temblaban.
Nunca te olvidé, Thalía. Cuando desperté en el hospital, estaba lejos y no tenía forma de comunicarme contigo. Cuando por fin regresé, me enteré de que ya tenías una hija... y no me atreví a interferir.
Mi visión se nubló. Cada palabra se sentía como un golpe.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.