Hugo utilizó todos sus ahorros —más de 300.000 pesos, fruto de diez años de trabajo en obras de construcción por todo el país— para reconstruir su casa.
Construyó rampas, ensanchó puertas, adaptó el baño e instaló barandales para que Lucía pudiera moverse sin depender tanto de él.
Incluso construyó una pequeña terraza donde ella podía pintar mientras él trabajaba.
“Quiero que sientas que esta casa también es tuya”, le dijo, limpiándole el sudor de la cara con una mano polvorienta.
Lucía sonrió entre lágrimas. Por primera vez, el futuro ya no le aterraba.
Su noche de bodas llegó con una llovizna.
La habitación recién remodelada olía a madera nueva y jazmín. Hugo, nervioso, ayudó a Lucía a sentarse en la cama.
Le temblaban las manos, no de deseo, sino de ternura.
Cuando le quitó con cuidado el vestido de encaje blanco, se detuvo.
No por la fragilidad del cuerpo de su esposa, sino por las cicatrices: largas marcas grises que le recorrían la espalda, rastros de cirugías, caídas y noches de dolor silencioso.
Hugo no dijo ni una palabra. Simplemente la abrazó fuerte, tan fuerte que sus lágrimas le cayeron sobre el pelo.
“¿No te arrepientes?” preguntó Lucía con voz apenas audible.
—Solo lamento no haberte conocido antes... para poder sufrir menos contigo —respondió—.
Eres el mayor tesoro de mi vida.
Lucía lloró. Esa noche no hubo compasión, solo amor puro.
Los días siguientes estuvieron llenos de rutinas, risas y esperanza.
Hugo se levantaba antes del amanecer, cocinaba para ambos y luego la llevaba al centro de rehabilitación.
Por las tardes, le aprendía nuevas recetas o construía inventos caseros para hacerle la vida más fácil.
Lucía, por su parte, comenzó a pintar nuevamente.
Sus pinturas, llenas de colores brillantes y mariposas, parecían un grito de renacimiento.
Pronto abrió un taller online para niños, al que llamó “Renacer en Colores”.
Con el tiempo, ocurrió la magia.
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