Se llamaba Lucía Álvarez, una mujer de rostro dulce y ojos color miel, que antes del accidente había sido la reina de belleza de la Normal de Puebla. Tres años antes, un accidente en la carretera México-Cuernavaca le quitó el uso de las piernas... y también su sueño de ser maestra.
Los vecinos no tardaron en murmurar:
¿Ese Hugo está loco o qué? ¡Va a gastarse 300.000 pesos para casarse con una mujer que ni siquiera puede caminar!
Algunos lo dijeron con lástima. Otros, con risa cruel.
Pero Hugo no respondió. Solo sonrió, con esa calma que parecía de otro mundo.
Y cuando posaron juntos para sus fotos de compromiso, tomó la mano de Lucía y le susurró:
Si no puedes levantarte, me quedaré sentado contigo. Caminaremos juntos, de otra manera.
Lucía lloró como una niña. Por primera vez en tres años, no se sentía una carga, sino una persona digna de ser amada.
La familia de Lucía, especialmente su madre, se opuso firmemente a esto.
Doña Teresa, una mujer de fe católica y de voluntad fuerte, rompió a llorar:
¡Hijo mío, piensa! No puedes darle hijos, no puedes trabajar. ¿Por qué dejar que un buen hombre te arruine la vida?
Lucía, débil pero firme, respondió:
Mamá, él no me ve como un problema. Me ve como su destino.
Su persistencia ablandó sus corazones.
Y así, un domingo de mayo, en una pequeña iglesia blanca decorada con buganvillas, Lucía y Hugo se casaron, rodeados del aroma a pan dulce y las guitarras de un trío local.
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