David, mientras tanto, seguía vagando por la vida.
Conseguía trabajos temporales aquí y allá, pero nada duradero. Los chicos aún lo veían los fines de semana, pero el vínculo que una vez tuvieron con él comenzó a desvanecerse. Ya no era su ancla; lo habían visto tropezar demasiadas veces. Me dolió verlo, pero también me recordó cuánta fuerza habíamos cultivado en nuestra pequeña unidad.
Un año después, me paré frente al espejo con un sencillo vestido negro, lista para asistir a una gala de la biblioteca. El reflejo que me devolvía la mirada no era el de la mujer que David había dejado atrás; era alguien más fuerte. Alguien que se había reencontrado tras una traición.
Cuando acosté a los niños esa noche, Chloe me preguntó: "Mami, ¿estás feliz?"
Sonreí, echándole el pelo hacia atrás. "Sí, cariño. Lo soy."
Y por primera vez en mucho tiempo, realmente lo fui.
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