Pero todos guardaban las apariencias, todos actuaban, todos mentían. Me quedé en soc absoluto. El señor Mario tenía un hijo secreto, un hijo que no podía reconocer, un hijo que amaba, pero que tenía que esconder del mundo. De repente, todo tenía sentido. La tristeza en sus ojos, el llanto nocturno, la música melancólica a las 2 de la mañana. No era solo infelicidad matrimonial, era el dolor de un padre que no podía ser padre. Los días siguientes observé al señror Mario con otros ojos.
Cuando salía los martes y viernes, yo sabía que iba a ver a su hijo. Cuando volvía con expresión más relajada, yo sabía que había pasado unas horas preciosas siendo simplemente papá, sin cámaras, sin prensa, sin mentiras. Y cuando se encerraba en su estudio por las noches, yo sabía que estaba pensando en el niño que crecía sin poder llevar su apellido. En mayo de 1952 sucedió algo que me destrozó el corazón. Era un martes por la tarde. El señor Mario había salido como siempre a su visita secreta.
Yo estaba en el jardín regando las plantas cuando escuché que su carro entraba. Era muy temprano. Apenas había estado fuera una hora. Algo estaba mal. Lo vi bajar del carro con expresión devastada. Tenía los ojos rojos, la cara pálida, los movimientos lentos como de alguien en shock. entró a la casa sin verme siquiera. Escuché sus pasos subiendo las escaleras hacia su estudio. Luego escuché el portazo. Rosalía apareció en el jardín unos minutos después. Me preguntó si había visto al señor Mario.
Le dije que sí, que había llegado, pero que se veía muy mal. Rosalía entró a la casa preocupada. Yo continué con mi trabajo, pero no podía dejar de pensar en esa expresión devastada que había visto en su rostro. Esa noche, alrededor de las 10, Rosalía me llamó a su cuarto, cerró la puerta y me contó lo que había pasado. Marion le había dicho al señor Mario que se iba a casar. Había conocido a un hombre en Estados Unidos, un hombre bueno que quería casarse con ella y adoptar al niño legalmente.
Marion había tomado la decisión de darle a su hijo una vida normal con un padre presente, con un apellido respetable. El señor Mario estaba destrozado. Entendía las razones de Marion. Sabía que ella estaba haciendo lo correcto para el niño, pero eso no hacía el dolor menos insoportable. Iba a perder a su hijo. El niño crecería llamando papá a otro hombre. El niño nunca sabría quién era su verdadero padre. Esa noche los pasos en el pasillo fueron más intensos que nunca.
Escuché al señor Mario caminando de un lado a otro durante horas. Las siguientes semanas fueron terribles. El señor Mario seguía cumpliendo con sus compromisos públicos. Iba a filmaciones, a entrevistas, a eventos. En público era el cantinflas de siempre, alegre, bromista, el orgullo de México. Pero en casa era una sombra. Apenas comía, apenas hablaba, se encerraba en su estudio por días enteros. Yo intentaba ayudar de las formas que podía. le preparaba sus comidas favoritas, dejaba café fresco en su estudio, mantenía la casa en silencio para que pudiera tener paz, pero nada ayudaba realmente.
El dolor que lo consumía era demasiado profundo. Una noche de junio, aproximadamente a las 11, yo estaba en mi cuarto leyendo cuando escuché un ruido extraño. Era como si algo pesado hubiera caído en el piso de arriba. Esperé unos segundos para ver si escuchaba algo más. Nada. Pensé que tal vez me había imaginado el ruido y volví a mi lectura. Pero unos minutos después escuché pasos corriendo. Era Rosalía. Tocó mi puerta desesperada. Cuando abrí, su cara estaba pálida de terror.
Me agarró del brazo y me jaló hacia el pasillo. Me dijo que necesitaba mi ayuda inmediatamente, que algo terrible estaba pasando. Subimos las escaleras corriendo. Rosalía me llevó hasta la puerta del estudio del señor Mario. Estaba entreabierta. Me asomé y lo que vi me eló la sangre. El señor Mario estaba tirado en el piso, inconsciente. Junto a él había una botella de whisky vacía y un frasco de pastillas volcado. Las pastillas estaban regadas por todo el piso.
Rosalía entró gritando su nombre. Yo me quedé paralizada en la puerta por un segundo. Luego reaccioné. Corrí hacia él y le tomé el pulso. Estaba vivo, pero su pulso era débil, irregular. Respiraba, pero de forma muy superficial. tenía espuma en las comisuras de los labios. Le grité a Rosalía que llamara a un doctor inmediatamente, que dijera que era una emergencia, pero que no mencionara el nombre del paciente. Ella salió corriendo al teléfono. Yo me quedé junto al señor Mario intentando mantenerlo consciente.
Le hablaba, le daba palmadas suaves en la cara, le suplicaba que no se durmiera, que se quedara conmigo. Abrió los ojos por un momento. Me miró sin realmente verme. Sus labios se movieron como si quisiera decir algo. Me acerqué para escuchar. Su voz era apenas un susurro. Dijo, “Ya no puedo más. Estoy cansado de actuar. Déjame descansar.” Esas palabras me partieron el alma. Le dije que no, que no podía irse, que había mucha gente que lo necesitaba, que lo amaba.
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