Le pregunté si él sentía que vivía auténticamente. Se quedó en silencio largo rato. Luego me dijo que no, que su vida pública era completamente inauténtica, que Cantinflas era un personaje que él interpretaba, pero que no era realmente él. me dijo que solo en esos momentos privados, cuando ayudaba a gente en secreto, cuando conversábamos sin máscaras, sentía que era genuinamente el mismo. En abril de 1954 recibió otra carta de Marion. Esta vez traía malas noticias. Su hijo Mario Arturo estaba teniendo problemas en la escuela.
Se peleaba con otros niños, tenía mal comportamiento. Los maestros se quejaban. Marion estaba preocupada. El padrastro intentaba disciplinarlo, pero el niño se revelaba. Marion preguntaba si el señor Mario tenía algún consejo, si había algo que pudiera hacer a distancia. El señor Mario se atormentó con esa carta. Se sentía impotente. Su hijo necesitaba una figura paterna fuerte y él no podía estar ahí. Todo el dinero del mundo no servía de nada si no podía abrazar a su hijo, hablar con él, guiarlo.
Escribió una carta larga para Marion explicándole técnicas de disciplina positiva, hablándole sobre la importancia de la paciencia, del amor incondicional, pero después de enviar esa carta se derrumbó. Me dijo que era absurdo, que estaba dando consejos de paternidad por carta cuando debería estar ahí físicamente siendo padre. me dijo que su hijo estaba actuando mal, probablemente porque sentía la ausencia de su padre biológico, porque en algún nivel intuitivo sabía que algo no cuadraba en su vida. Le dije que tal vez algún día, cuando su hijo fuera adulto, podría conocer la verdad y entender por qué las cosas fueron como fueron.
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