Esa noche, Margaret vino a mí llorando. Por primera vez, le tomé la mano. Ella rompió a llorar, no como una mujer adulta, sino como una niña que finalmente se sentía vista. Las siguientes semanas no fueron fáciles. A veces se despertaba diciendo que oía pasos. A veces perdía la paciencia. Pero Liam me recordaba: «No es nuestra enemiga, todavía se está recuperando». Así que empezamos nuevas rutinas.
"No quiero asustarte", susurró. "Solo quiero asegurarme de que mi hijo esté a salvo".
«Ya no tienes que tocar», le dije en voz baja. «Nadie vendrá a buscarnos. Estamos a salvo. Juntos».
Todas las noches, antes de dormir, revisábamos las puertas juntas. Instalamos una cerradura inteligente y compartimos té en lugar de miedo. Margaret empezó a hablar más: del pasado, de su marido, incluso de mí.
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