El día que todo cambió
Lo último que Emily Brooks recordaba de aquella tarde era el sonido del agua corriendo y la risa de su hija resonando en las paredes de azulejos del baño del centro comercial.
Era un sábado soleado en Santa Mónica , uno de esos días en que la brisa marina traía el olor a sal y protector solar hasta el centro comercial.
Emily había llevado a Lily, de siete años, a tomar un helado después de la clase de piano, prometiéndole que pasarían por la tienda de vestidos a buscar algo bonito para su próximo cumpleaños.
El día se había sentido sencillo, normal, hasta que dejó de serlo.
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