Sin previo aviso, el millonario decidió visitar la casa de su empleado. Nunca imaginó que al abrir esa puerta descubriría un secreto capaz de cambiar su vida para siempre.

 

 

 

Pero entre viejos documentos personales, Emiliano encontró una dirección borrosa y escrita a mano.

Siguió el rastro hasta un barrio pobre en las afueras de la ciudad.

Las calles eran estrechas, las paredes desconchadas, los niños jugaban descalzos entre charcos y risas.

Nada que ver con los lugares a los que Emiliano estaba acostumbrado.
Aparcó frente a una pequeña casa color crema, con un jardín lleno de flores marchitas y una bicicleta oxidada apoyada contra la pared.

Él llamó a la puerta.

Silencio.

Volvió a llamar.

Escuchó pasos lentos y arrastrados.

La puerta se abrió sólo unos centímetros.

—¿Señor Arriaga? —preguntó Julia sorprendida, con la voz temblorosa.

—Disculpa por venir sin avisar —respondió—. Solo quería hablar contigo.

Parecía incómoda, como si su presencia allí fuera un error.
Pero al final, lo invitó a pasar.

El interior era modesto: muebles viejos, paredes agrietadas, una mesa cubierta con manteles remendados.

Aún así, todo estaba limpio, ordenado y lleno de cuidado.

Emiliano se sintió fuera de lugar, como si estuviera invadiendo algo sagrado.

Entonces oyó una tos suave que venía de la parte trasera de la casa.

La voz de un niño.

“Mamá, ¿quién es?”

Emiliano se quedó helado.

"Mamá."

Julia palideció.

Una niña de unos siete años salió de una habitación.

Cabello oscuro, piel clara, los mismos ojos que Emiliano veía cada mañana en el espejo.

Idéntico.

Un espeso silencio llenó el aire.

—Ella es… —Julia bajó la mirada—. Se llama Lucía.

Emiliano sintió que el suelo bajo sus pies se movía.

Su corazón latía con fuerza en su pecho.

No necesitaba pruebas. Él lo sabía.

Esa muchacha era su hija.

—¿Por qué no me lo dijiste? —logró preguntar con la voz entrecortada.

Julia respiró profundamente, conteniendo las lágrimas.

"Porque no quería nada de ti. Ni dinero, ni apellido, ni compasión.

Hace ocho años, antes de que te casaras, tuvimos esa noche. Ni siquiera te acordaste al día siguiente.

Lo hice. Y cuando supe que estaba embarazada, ya era demasiado tarde para explicaciones.

“Sólo quería criarla en paz”.

Emiliano se quedó sin palabras.

 

 

 

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