En ese momento lo comprendí: todo el miedo y el drama que había imaginado eran solo una prueba de su amor. A pesar de la diferencia de edad, a pesar de tantos años de soledad, por fin eran felices, y su vida juntos apenas comenzaba.
Esa noche, después de recoger las flores y apaciguar las risas, nos sentamos todos en la sala, aliviados. El grito que al principio nos aterrorizó se convirtió en una anécdota graciosa de la que nos reiríamos durante años. Mi padre y Larissa durmieron abrazados y, por primera vez en mucho tiempo, la casa volvió a sentirse completa.
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