Pero en la noche de bodas, un grito extraño resonó desde el dormitorio, y lo que vi me dejó sin palabras…

 

 

 

—Antônio, aún estás fuerte y sano. Un hombre no debería vivir solo para siempre.

Él simplemente sonreía con calma y respondía:

“Cuando mis hijas se hayan establecido, entonces pensaré en mí”.

Y él realmente lo creyó.

Cuando mi hermana se casó y conseguí un trabajo estable en São Paulo, por fin tuvo tiempo para ocuparse de su propia vida. Entonces, una noche de noviembre, nos llamó con un tono que no había oído en años: cálido, esperanzado, casi tímido:

"Conocí a alguien", dijo. "Se llama Larissa".

Mi hermana y yo nos quedamos impactadas. Larissa tenía treinta años, la mitad de la edad de mi padre.

Trabajaba como contadora en una compañía de seguros local, estaba divorciada y no tenía hijos. Se conocieron en una clase de yoga para personas mayores en el centro comunitario.

Al principio, pensamos que se estaba aprovechando de él. Pero cuando la conocimos —amable, educada y de voz suave— nos fijamos en cómo miraba a mi padre. Y en cómo él la miraba. No era lástima. Era paz.

La ceremonia tuvo lugar en el patio trasero de nuestra casa familiar, bajo un gran árbol de mango decorado con lucecitas. Nada extravagante, solo una sencilla reunión de amigos y familiares, pollo asado, refrescos, risas y algunas lágrimas.

Larissa llevaba un vestido rosa claro, el pelo recogido y una mirada tierna en sus ojos. Mi padre parecía nervioso pero feliz, como un joven enamorado por primera vez.

Esa noche, mientras todos ayudaban a ordenar, mi hermana bromeó:

—Papá, intenta no hacer ruido esta noche, ¿vale? ¡Las paredes son delgadas!

Él se rió y respondió:

—Oh, vete a ocuparte de tus propios asuntos, pequeño bribón.

Luego tomó la mano de Larissa y entró en el dormitorio principal, el mismo que había compartido con mi madre durante más de treinta años. Le sugerimos que redecorara antes de la boda, pero se negó.

“Dejarlo como está me da paz”, dijo.

Alrededor de la medianoche, me despertó un ruido. Pensé que era el viento... o quizás un gato en el jardín. Pero entonces... un grito. Agudo. Aterrador.

Mi hermana y yo saltamos de la cama y corrimos a la habitación de mi padre. Tras la puerta, oímos la voz temblorosa de Larissa:

—¡No! ¡Por favor... no hagas eso!

Empujé la puerta para abrirla.

Y lo que vi ante mis ojos… me dejó sin palabras.

Mi padre sostenía un enorme ramo de flores que le había preparado; había planeado una sorpresa romántica, pero tropezó con la vieja alfombra, tirándolo todo al suelo. Larissa se había caído en la cama, gritando de miedo, pero enseguida empezó a reír nerviosamente. Mi padre, sonrojado y riendo a la vez, se disculpó mientras la ayudaba a levantarse.

 

 

 

⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬

 

 

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.