Dos semanas después, papá llamó. —Aubrey —dijo, con la voz temblorosa—, ¿puedes venir a casa?
Por un momento, no pude respirar. ¿Era otra trampa? ¿Otra mentira plantada por Lila? Pero algo en su voz —rota, cansada— se sentía real.
Cuando llegué, abrió la puerta lentamente. Parecía más viejo, más pequeño de alguna manera, como si el hombre que me crio se hubiera estado encogiendo bajo un peso que no podía nombrar.
Nos sentamos en la sala de estar. —Lila dijo que la amenazaste de nuevo —comenzó. —Ni siquiera estaba aquí —respondí, colocando mis registros de viaje sobre la mesa—. Papá, estaba en Georgia.
Estudió los papeles. Apretó la mandíbula. —¿Qué es todo esto? —Evidencia —dije suavemente—. Papá, ella está mintiendo. Ha estado mintiendo durante años.
Deslicé la carpeta hacia él. Dudó, luego la abrió. Página tras página, la verdad despegaba su negación. Declaraciones de Mark. Registros bancarios. Correos electrónicos. Testimonios. Su mano temblaba mientras cerraba la carpeta. —Dios mío —susurró—. Ella jugó conmigo.
Justo entonces, la puerta principal se abrió. Lila entró, con el paraguas goteando. Se congeló cuando vio la carpeta. —No —susurró—. ¿Qué le dijiste?
La voz de papá fue firme. “Siéntate, Lila”. Ella no lo hizo. Sus ojos se movían salvajemente. “¡Aubrey te está manipulando! ¡Ella me odia!” Papá no se movió. “Ella tiene pruebas”.
Las lágrimas de Lila llegaron al instante: dramáticas, ruidosas, practicadas. “¿La eliges a ella sobre mí?”
—Elijo la verdad —dijo él.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.