El ardor de la mano de mi padre en mi cara no fue lo que me rompió. Había soportado cosas peores en el ejército. Lo que me destrozó fue darme cuenta de que él creía en las lágrimas falsas de su esposa antes que en mi verdad.
El ardor de la mano de mi padre cruzando mi rostro no fue la parte que me rompió. Había soportado cosas peores durante el entrenamiento del Ejército, peores en cursos de supervivencia, peores en desiertos al otro lado del mundo.
Lo que me destrozó fue la mirada en sus ojos: una rabia afilada convertida en algo desconocido, mezclada con una decepción tan profunda que parecía que la había estado guardando para este preciso momento.
Y justo detrás de él, su nueva esposa Lila, aferrada a su brazo, llorando como si ella fuera la víctima.
Me llamo Aubrey Mercer, y esa noche fue la primera vez que me di cuenta de que mi padre ya no me veía como su hija.
No siempre había sido así. Después de que mamá murió cuando yo tenía diecinueve años, papá se sintió solo de formas que se negaba a admitir. Cuando se casó con Lila dos años después, intenté apoyarlo genuinamente. Yo tenía veintidós años, acababa de salir del entrenamiento militar (ROTC), y era el tipo de hija que creía que la disciplina podía arreglarlo todo.
Y al principio, Lila era… perfecta. Demasiado perfecta. Elogios cada vez que entraba en una habitación. Abrazos lo suficientemente largos como para sentirse ensayados. Grandes sonrisas, grandes gestos, grandes afirmaciones de querer un “vínculo familiar real”.
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