"¿Nos están desalojando?"
En treinta días. Treinta veces más cortesía que la que me brindaron.
Cristina apareció cinco días después, desesperada y destrozada.
—Lo sentimos —gritó—. Por favor.
“Me dijiste que muriera en la calle”, le recordé.
Las palabras tienen consecuencias.
Se mudaron dos semanas después.
Vendí la casa a bajo precio. Doné dinero para ayudar a personas mayores sin hogar. Creé un fideicomiso para mis nietos, con condiciones.
A veces me pregunto si fui demasiado duro.
Entonces recuerdo sus palabras.
Y sé que no lo era.
Porque la familia no es sangre.
Es respeto.
Y el respeto, una vez roto, tiene un precio.
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