Mi hijo me pegó anoche y me quedé callada. Esta mañana, tendí mi mantel de encaje, preparé un desayuno sureño completo y luego preparé la vajilla fina como si fuera Navidad.

 

 

 

Esta no es una historia de venganza. Es la historia de cómo finalmente puse un límite tras años de encogerme. Se trata de una madre que elige la dignidad en lugar del silencio. Y se trata de reconocer que el abuso no siempre es ruidoso ni dramático; a menudo se esconde tras excusas, miedo y la esperanza de que las cosas mejoren de alguna manera.

Si esto te resulta familiar, recuerda esto: quedarte no te hace débil, y marcharte no te hace cruel. Los límites no son actos de castigo, sino de protección.

Para las personas en Estados Unidos que han enfrentado conflictos familiares, daño emocional o tensión doméstica, ¿qué les ayudó a dar ese primer paso? ¿Hablaron, pidieron ayuda o establecieron un límite que lo cambió todo?

No dudes en compartir tus pensamientos, experiencias o incluso una simple palabra de aliento a continuación. Alguien que esté leyendo esto podría necesitarlo más de lo que crees.

 

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