Amaban la comodidad que yo les proporcionaba.
Sin mí, la estructura se derrumbó.
Meses después finalicé el divorcio. Conservé mis bienes, mi patrimonio y, sobre todo, mi dignidad.
Empecé terapia. Volví a pintar, algo que amaba en mi juventud. Viajé sola a la Riviera Maya y, por primera vez en años, dormí sin ansiedad.
Un día me encontré por casualidad con una antigua amiga en un evento corporativo. Conversamos, reímos. Me presentó a su hermano, Rafael.
No era millonario. No era extravagante. No prometía el mundo.
Pero era amable.
Escuchaba.
Y por primera vez, no necesitaba mantener a nadie para ser valorada.
Un año después, estaba sentada en un café en Guadalajara, viendo el atardecer a su lado.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Era Rodrigo.
“Me equivoqué. ¿Podemos hablar?”
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