Descansen en paz, susurré. Por fin hice justicia. Por fin están en paz. Cerré los ojos con Diego abrazándome y por primera vez en mucho tiempo dormí sin pesadillas. Pero en el fondo sabía que la lucha nunca termina, que siempre habrá alguien dispuesto a quitarte lo que es tuyo y que la única forma de sobrevivir es estar alerta, siempre alerta. Pasó un año desde aquel juicio. La fundación creció. Ayudamos a más de 500 familias. Compramos tierras para proyectos comunitarios.
Construimos escuelas, clínicas, todo en nombre de mis padres. Diego y yo renovamos nuestros votos. Esta vez una ceremonia pequeña, íntima, solo con don Roberto y algunos amigos cercanos, sin miedo, sin peligro, solo amor. Don Roberto me acompañó al altar, lloró. ¡Yo también estoy orgulloso de ti, hija! Me dijo, tus padres estarían orgullosos. Asentí con el corazón lleno. Gracias papá, por todo, por salvarme, por amarme como su hija. Él me abrazó fuerte. Siempre serás mi hija. Siempre. La vida continuaba tranquila, pacífica, o al menos lo más pacífico que podía ser.
Pero hay noches en las que aún despierto sobresaltada, noches en las que sueño con aquella noche de bodas, con don Roberto dándome el dinero, con la pistola apuntando a Diego. Noches en las que el miedo regresa. Diego me abraza. Estás a salvo, me susurra. Estoy aquí. Siempre estaré aquí. Y yo me aferro a él, sabiendo que aunque el peligro haya pasado, las sombras nunca desaparecerán del todo. Hace unos días recibí una carta sin remitente dentro de una sola línea.
Nunca olvides que te estamos vigilando. La quemé. No se la mostré a nadie porque sé que si lo hago volverá el caos, las investigaciones, los guardias, el miedo y estoy cansada de tener miedo. Decidí vivir, simplemente vivir, porque eso es lo que mis padres habrían querido, lo que don Roberto arriesgó todo para darme, lo que Diego lucha por proteger cada día. Pero también sé que esa carta no es una broma, que ahí afuera alguien sigue vigilando, esperando, planeando y algún día quizás volverán.
Por eso mantengo las cámaras, los guardias, la alerta, porque aprende que el peligro nunca se va del todo, solo se esconde. Y mientras escribo esto, sentado en mi casa de San Miguel con Diego durmiendo a mi lado y don Roberto en la habitación de al lado, me pregunto: "¿Valió la pena? ¿Valieron la pena las tierras? ¿El dinero? ¿La justicia?" Y la respuesta es sí, porque no se trata de las tierras, se trata del honor, del legado, de no dejar que los monstruos ganen.
Se trata de vivir con la frente en alto, sabiendo que luchaste, que no te rendiste, que protegiste lo que era tuyo. Pero también se trata de aceptar que algunas batallas nunca terminan, que algunas heridas nunca sanan del todo, que el miedo siempre estará ahí acechando en las sombras y aprender a vivir con eso, a seguir adelante a pesar de todo, porque al final eso es lo único que podemos hacer, vivir, amar, luchar y esperar que sea suficiente.
Cierro este relato sabiendo que mi historia no ha terminado, que tal vez nunca termine, que siempre habrá alguien ahí afuera mirando, esperando, pero no me rendiré porque soy Sofía, la novia que huyó en su noche de bodas, la heredera que enfrentó a los monstruos, la hija que hizo justicia y seguiré adelante pase lo que pase, aunque el miedo nunca desaparezca del todo.
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