Don Roberto prefiere morir antes que verte caer en sus manos. No puedo dejar que muera por mí, dije con voz temblorosa, pero firme. No puedo. Esteban me miró con seriedad. Entonces tenemos que ser más listos que ellos. Necesitamos un plan. Doña Carmela entró con un teléfono viejo. Llamaron de nuevo. Dicen que tienen a don Roberto en una bodega en León. Quieren que vaya sola, sin policía, sin nadie. Respire hondo. El miedo me paralizaba, pero al mismo tiempo una fuerza nueva nacía dentro de mí.
No podía seguir huyendo. No podía dejar que don Roberto pagara por protegerme. Tenía que hacer algo. ¿Qué vamos a hacer?, preguntó mirando a Esteban. Él apretó los puños. Vamos a ir, pero no sola. Tengo amigos gente de confianza. Entraremos por sorpresa. Pero, Sofía, esto será peligroso. Muy peligroso. Asentí. Ya no había marchado atrás. Mi noche de boda se había convertido en una guerra y estaba dispuesta a luchar, aunque me costara la vida por el hombre que me había salvado y por el futuro al que me pertenecía.
Esa misma tarde partimos hacia León. Esteban había contactado a tres hombres de confianza, exmilitares que le debían favores a don Roberto. Viajamos en dos camionetas por carreteras secundarias evitando las casetas. Yo iba callada con el estómago hecho un nudo, pensando en don Roberto encerrado, quizás herido, quizás sufriendo. Llegamos a León al caer la noche. La ciudad brillaba con sus luces, pero nosotros nos dirigimos a la zona industrial, donde las bodegas abandonadas se alineaban como fantasmas de acero y concreto.
Esteban detuvo la camioneta en una calle oscura. Esa es”, dijo señalando una bodega grande con las ventanas rotas. “Mis contactos confirmaron que lo tienen ahí. Hay al menos seis hombres custodiando”. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que se me saldría del pecho. Tú te quedas aquí”, ordenó Esteban. “Nosotros entraremos y sacaremos a don Roberto”. “¿No dije con firmeza, yo voy con ustedes, me quieren a mí? Si ven que estoy ahí, tal vez bajen la guardia.
Esteban negó con la cabeza. Es demasiado peligroso. Don Roberto arriesgó todo por mí. No me quedaré aquí esperando. Los hombres se miraron entre sí. Finalmente, uno de ellos, un tipo grande llamado Marcos, ascendió. Tiene agallas, pero si algo sale mal, corres. ¿Entendido? Asentí. Me dieron un chaleco, una linterna y una radio. Revisaron sus armas. Yo temblaba, pero trata de mantener la calma. Caminamos en silencio hacia la bodega. La luna apenas iluminaba el camino. A lo lejos se escuchaban perros ladrando.
Nos dividimos. Esteban y Marcos irían por la entrada principal, los otros dos por la parte trasera. Yo me quedaría escondida cerca, lista para actuar si era necesario. Pasaron 10 minutos que se sintieron como horas. De repente escuché gritos, disparos. Mi corazón se detuvo. Sin pensarlo dos veces, corrí hacia la bodega. La puerta estaba entreabierta. Adentro el caos. Hombres gritando, luces de linternas cruzándose. Via a Esteban forzando con un tipo. Más allá, en el fondo, atado a una silla, estaba don Roberto.
“¡Papá!”, gritó sin pensar. Él levantó la cabeza. Tenía el rostro golpeado, sangre en la frente, pero sus ojos brillaron al verme. Sofía, no, vete. Pero ya era tarde. Uno de los hombres me vio y se abalanzó sobre mí. Traté de correr, pero me agarró del brazo. Su aliento apestaba a alcohol. Mira nada más, la novia fugitiva. Luché, paté, grité. Marcos apareció de la nada y lo tumbó de un golpe. Corre, Sofía. Corrí hacia don Roberto. Con manos temblorosas intenté desatar las cuerdas, pero estaban demasiado apretadas.
Don Roberto, lo siento, lo siento tanto. Él negó con la cabeza. No te disculpes, hija. Hiciste lo correcto. Ahora sácame de aquí. Finalmente, las cuerdas se dieron. Don Roberto se levantó con dificultad. Cojeaba. Le pasé el brazo por encima de mi hombro y comenzamos a salir. Pero en ese momento, una voz fría resonó en la bodega. Alto ahí me giré. Un hombre de traje entró caminando con calma. Era alto, de cabello gris, con una mirada que helaba la sangre.
Detrás de él más hombres armados. “Señorita Sofía”, dijo con una sonrisa cruel. "Qué valiente de su parte venir hasta aquí. Me ahorra el trabajo de buscarla. ¿Quién es usted?, preguntó temblando. Me llamo Héctor Salazar, empresario y dueño, o al menos pronto lo seré de las tierras que su difunto padre dejó. Tierras que usted va a firmarme ahora mismo. Jamás, dije con voz temblorosa, pero firme. Héctor rió. Jamás. Veamos si cambia de opinión. Chassqueó los dedos y dos de sus hombres arrastraron a alguien más.
Mi corazón se detuvo. Era Diego. Estaba golpeado, sangrando, pero vivo. ¡Diego! Grité, Sofía, no lo hagas", dijo él con voz ronca. No les des nada. Héctor sacó una pistola y la apuntó a la cabeza de Diego. Firma los papeles o tu esposo muere aquí mismo. Tú decides. El mundo se detuvo. Don Roberto me presionó el hombro. No lo hagas, Sofía. Es una trampa. Si firmas, nos matarán a todos de todas las formas. Lágrimas corrían por mi rostro. Miré a Diego, al hombre que amaba con una pistola en la cabeza.
Miré a don Roberto, el hombre que me había salvado. Y luego miré a Héctor, el monstruo que quería robarme todo. “Está bien”, dije con voz quebrada. “Firmaré, pero déjenlos ir primero”. Héctor sonrío. Eres más lista de lo que pensabas, pero no firmas primero, luego veremos. Sacó unos papeles de su saco, los puso sobre una mesa oxidada. Aquí, firma aquí. Di un paso adelante con las manos temblando. Tomé la pluma. Don Roberto me gritó que no lo hiciera.
Diego luchaba contra sus captores, pero yo sabía que no tenía opción. O firmaba o los mataban a ambos frente a mí. Justo cuando la pluma tocó el papel, las sirenas de la policía resonaron afuera. Luces rojas y azules iluminaron la bodega. Héctor maldijo. Sus hombres entraron en pánico. ¡Es una trampa! Gritó uno de ellos. Esteban había llamado a la policía. El caos estalló de nuevo. Disparos, gritos, carreras. Solté la pluma y corrí hacia Diego. Lo abracé mientras los policías entraban en masa.
Héctor intentó huir, pero lo rodearon. Don Roberto se dejó caer al suelo, agotado, pero vivo. Diego me abrazó con fuerza. Pensé que te perdería, susurró. Nunca, respondí llorando. Nunca. Pero mientras los policías esposaban a Héctor ya sus hombres, supe que esto no había terminado. La amenaza había sido neutralizada, pero las heridas, el miedo, el trauma, eso tardaría mucho más en sanar. Si quieres saber cómo terminar esta historia y conocer muchas más, denle al botón rojo de suscribirse.
Es gratis y me ayuda muchísimo. Los siguientes días fueron un torbellino. Don Roberto fue hospitalizado. Tenía tres costillas rotas, contusiones en todo el cuerpo, pero los doctores dijeron que se recuperaría. Diego también recibió atención médica. Yo, en cambio, no tenía heridas físicas, pero por dentro estaba destrozada. La policía nos interrogó durante horas. Les contamos todo. Las tierras, la herencia, las amenazas, el secuestro. Héctor Salazar fue arrestado junto con sus cómplices. Las investigaciones revelaron que llevaba años intentando apropiarse de tierras ajenas mediante extorsión y violencia.
Éramos solo una de muchas familias que había atacado. Pero mientras estaba en el hospital junto a don Roberto, él me tomó la mano y me dijo algo que cambió mi perspectiva para siempre. Sofía, ¿hay algo más que necesitas saber? Lo miré con el corazón en un puño. ¿Qué cosa, don Roberto? Tu padre. Tu verdadero padre, Ernesto. Él no murió en un accidente. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Qué? Don Roberto respir hondo con dificultad.
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