Llegamos a un rancho pequeño rodeado de nopales y mequites. La casa era humilde, de adobe y tejas rojas. Una mujer nos esperaba en la puerta. Aquí estará a salvo por esta noche, dijo Esteban. Mañana la llevaremos a otro lugar. Bajé del coche con las piernas temblorosas. La mujer, doña Carmela, me recibió con una mirada compasiva. Pasa, hija, debes estar exhausta. Entrada a la casa. Olía a leña ya tortillas recién hechas. Había una mesa de madera vieja, algunas sillas y un pequeño altar con una Virgen de Guadalupe iluminada por veladoras.
Doña Carmela me sirvió un vaso de agua y me indicó que me sentara. ¿Usted sabe qué está pasando?, Le preguntó desesperada por respuestas. Ella ascendió lentamente. Don Roberto es un hombre bueno. Hizo lo correcto al sacarte de allí. Esos hombres no tienen piedad. ¿Quién hijo? ¿Por qué me buscan? Doña Carmela intercambió una mirada con Esteban. Él suspir y se sent frente a m. Sofía, lo que te voy a contar no será fácil de escuchar. Tu padre, don Ernesto, era dueño de tierras muy valiosas en León.
Tierras que ahora valen millones por el desarrollo industrial de la zona. Cuando murió, esas tierras pasaron a nombre tuyo, pero como eras menor de edad, don Roberto quedó como tutor legal. Me quedé sin aliento. Tierras. Yo soy dueña de tierras. Si. Y hay un grupo de empresarios sin escrúpulos que quieren quedárselas. Intentaron comprarlas por años, pero don Roberto se negó. Sabía que te pertenecían. Ahora que cumpliste los 25 y te casaste, eres legalmente la dueña. Y ellos lo saben.
Las piezas comenzaron a encajar. Por eso don Roberto me había protegido tanto, por eso me había hecho huir. Si me atrapaban, me obligarían a firmar esas tierras o algo peor. Y Diego, él sabía todo esto. Esteban bajó la mirada. Sí, don Roberto se lo contó hace meses, por eso se adelantó la boda. Pensamos que si te casabas rápido y mantenías un perfil bajo, estarías a salvo. Pero alguien los delató. Sentí una mezcla de traición y alivio. Diego sabía, me había protegido, pero también me había ocultado la verdad.
Esa noche no pude dormir. Me quedé en una habitación pequeña, acostada en un catre, mirando el techo de madera. Afuera, los grillos cantaban y el viento movía las ramas de los mezquites. Cada ruido me sobresaltaba. Tenía miedo de que alguien llegara, de que me encontraran, de que todo terminara mal. Al amanecer, Esteban tocó la puerta. Sofía, tenemos que irnos. Recibí una llamada, don Roberto, lo tienen. El mundo se derrumbó a mi alrededor. Me levanté de un salto.
¿Qué? ¿Cómo? Anoche, después de que te fuiste, irrumpieron en la casa. Se lo llevaron. Están exigiendo que aparezcan y firmes los papeles. Si no lo haces, amenazarán con matarlo. Las lágrimas brotaron sin control. Me dejé caer en la cama, cubriéndome la cara con las manos. Don Roberto, el hombre que me había salvado, ahora estaba en peligro por mi culpa. ¿Y Diego? Pregunté entre soyosos. Está escondido tratando de conseguir ayuda. Pero Sofía, tienes que entender algo. Si te entregas, todo habrá sido en vano.
Don Roberto prefiere morir antes que verte caer en sus manos. No puedo dejar que muera por mí, dije con voz temblorosa, pero firme. No puedo. Esteban me miró con seriedad. Entonces tenemos que ser más listos que ellos. Necesitamos un plan. Doña Carmela entró con un teléfono viejo. Llamaron de nuevo. Dicen que tienen a don Roberto en una bodega en León. Quieren que vaya sola, sin policía, sin nadie. Respire hondo. El miedo me paralizaba, pero al mismo tiempo una fuerza nueva nacía dentro de mí.
No podía seguir huyendo. No podía dejar que don Roberto pagara por protegerme. Tenía que hacer algo. ¿Qué vamos a hacer?, preguntó mirando a Esteban. Él apretó los puños. Vamos a ir, pero no sola. Tengo amigos gente de confianza. Entraremos por sorpresa. Pero, Sofía, esto será peligroso. Muy peligroso. Asentí. Ya no había marchado atrás. Mi noche de boda se había convertido en una guerra y estaba dispuesta a luchar, aunque me costara la vida por el hombre que me había salvado y por el futuro al que me pertenecía.
Esa misma tarde partimos hacia León. Esteban había contactado a tres hombres de confianza, exmilitares que le debían favores a don Roberto. Viajamos en dos camionetas por carreteras secundarias evitando las casetas. Yo iba callada con el estómago hecho un nudo, pensando en don Roberto encerrado, quizás herido, quizás sufriendo. Llegamos a León al caer la noche. La ciudad brillaba con sus luces, pero nosotros nos dirigimos a la zona industrial, donde las bodegas abandonadas se alineaban como fantasmas de acero y concreto.
Esteban detuvo la camioneta en una calle oscura. Esa es”, dijo señalando una bodega grande con las ventanas rotas. “Mis contactos confirmaron que lo tienen ahí. Hay al menos seis hombres custodiando”. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que se me saldría del pecho. Tú te quedas aquí”, ordenó Esteban. “Nosotros entraremos y sacaremos a don Roberto”. “¿No dije con firmeza, yo voy con ustedes, me quieren a mí? Si ven que estoy ahí, tal vez bajen la guardia.
Esteban negó con la cabeza. Es demasiado peligroso. Don Roberto arriesgó todo por mí. No me quedaré aquí esperando. Los hombres se miraron entre sí. Finalmente, uno de ellos, un tipo grande llamado Marcos, ascendió. Tiene agallas, pero si algo sale mal, corres. ¿Entendido? Asentí. Me dieron un chaleco, una linterna y una radio. Revisaron sus armas. Yo temblaba, pero trata de mantener la calma. Caminamos en silencio hacia la bodega. La luna apenas iluminaba el camino. A lo lejos se escuchaban perros ladrando.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.