Vendimos la casa grande. El tratamiento de mi padre terminó. Nos mudamos a un pueblo pequeño donde nadie sabía nuestros nombres. Sin sillas. Sin timbres. Sin guardias. Solo una cama y dos personas. Por primera vez dormimos los dos al mismo tiempo. Años después, cuando finalmente falleció en un sueño tranquilo, me senté a su lado y vi cómo su respiración se desvanecía. Él estaba sonriendo. Esta vez no había miedo. Lo sabía: el peligro realmente había pasado. La lección fue sencilla, pero costosa: A veces, el hombre que parece más extraño es el que más protege. Y a veces, la única manera de enfrentarse al miedo… es tomar la mano de alguien y permanecer juntos.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.