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“LO AISLÓ POR SU ROPA” — El examen nacional reveló lo que EL PROFESOR nunca imaginó…

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Abrió la caja de cristal. El lápiz era casi nada, un fragmento, pero había escrito miles de ecuaciones. Había sobrevivido noches de estudio bajo velas. Había sido testigo de humillaciones y triunfos. Había guardado una promesa. Santiago cabó un pequeño agujero junto a la lápida. La tierra estaba húmeda por la lluvia reciente. Olía a montaña, a infancia, a todo lo que había sido antes de convertirse en quien era ahora. depositó el lápiz en el agujero. Por un momento se quedó mirándolo.

Este pequeño objeto había viajado más lejos que cualquier herrera en la historia de su familia. Había cruzado océanos, había entrado a universidades donde ningún campesino había pisado antes y ahora volvía a casa. Santiago cubrió el lápiz con tierra lentamente, con cuidado, como quien entierra algo sagrado. No dijo nada, no hacía falta. Las palabras habrían sido insuficientes, habrían reducido el momento a algo que podía explicarse. Y este momento no necesitaba explicación. Marta se acercó, puso su mano sobre el hombro de su hijo, tampoco habló.

Se quedaron así por varios minutos. Madre e hijo. Frente a la tumba de un hombre que había muerto en una mina, creyendo que su hijo merecía algo mejor. El sol comenzó a bajar. Las montañas se pintaron de dorado y naranja. Los mismos colores que Santiago había visto cada tarde de su infancia, los mismos colores que seguiría viendo en sus sueños por el resto de su vida. Finalmente se levantó. Marta lo tomó del brazo mientras caminaban de regreso.

¿Te quedas a cenar? Me quedo toda la semana. Ella sonrió. No preguntó más. Esa noche cenaron arroz con frijoles y plátano frito, la misma comida de siempre. Pero sabía diferente, sabía ahogar. Antes de dormir, Santiago salió al patio. Las estrellas brillaban con una claridad que nunca había visto en las ciudades donde ahora vivía. Cada punto de luz seguía patrones que podía calcular, distancias que podía medir, trayectorias que podía predecir. Pero esta noche no quería calcular nada, solo quería mirar como había mirado de niño antes de saber que esos patrones tenían nombres, antes de saber que

su forma de ver el mundo era especial, antes de saber que el lápiz de su padre lo llevaría tan lejos, pensó en todos los niños que estaban mirando estas mismas estrellas desde casas humildes en todo el país, niños con ojos brillantes y bolsillos vacíos, niños que veían patrones donde otros veían caos, niños esperando que alguien les dijera que merecían una oportunidad. El programa que había aceptado dirigir los encontraría, no todos, pero muchos. Y cada uno de ellos tendría su propio lápiz, su propia promesa, su propio camino.

Santiago respiró profundo. El aire de la montaña llenó sus pulmones. frío, limpio, exactamente igual que cuando tenía 12 años. Algunas cosas nunca cambiaban y eso estaba bien. Volvió adentro. Su madre ya dormía. Su hermana, ahora profesora en la escuela del pueblo, roncaba suavemente en la habitación del fondo. Santiago se acostó en el mismo colchón donde había dormido de niño. El techo de Z crujía con el viento. El sonido que antes le impedía estudiar, ahora lo arrullaba. Cerró los ojos.

En algún lugar bajo la tierra de las montañas, un lápiz de un centímetro descansaba junto a los restos de un minero. La promesa estaba cumplida. El camino continuaba. Pero esta noche Santiago Herrera no era doctor, ni profesor ni investigador. Era solo un hijo que había vuelto a casa y eso era suficiente. Si satisfació tu corazón, imagina lo que satisfará la próxima. Un niño con el estómago vacío se atrevió a cantar frente a todos. Se rieron de él.

Le dijeron que tenía hambre, no voz, que la música no era para gente como él. No sabían que ese niño tenía un don que haría llorar a millones.

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