Tragó saliva. "¿Quién... quién eres?"
—Me llamo Clara Moreno —respondí—. Soy la hermana mayor de Elena. Y la abogada que revisó el contrato de compraventa de esta casa.
Levanté mi teléfono, mostrando un documento. Daniel apretó la mandíbula. La mujer retrocedió. Elena me miró como si fuera un fantasma.
—Esta casa no es tuya —continué con calma—. Pertenece a una empresa a la que represento. La misma que financió tu negocio fallido cuando nadie más lo hizo, con una condición clara: que mi hermana sea tratada con dignidad.
Daniel intentó tomarlo a broma.
«Exageras. Elena es inestable. La estoy cuidando».
—¿Cuidarla? —pregunté, arrodillándome para cubrir a Elena con mi abrigo—. ¿A esto le llamas cuidarla?
La mujer de rojo susurró nerviosamente:
“Daniel… dijiste que todo estaba bajo control”.
Los miré a ambos.
Nada está bajo control. Esta noche, todo empieza a desmoronarse.
Coloqué una carpeta sellada sobre la mesa.
Avisos de desalojo. Reparto de bienes. Denuncia formal por maltrato económico y psicológico.
Daniel dio un paso atrás. El silencio se sintió definitivo. Ese fue el momento en que comprendieron: no había salida.
Nunca levanté la voz. La calma era mi arma.
Llamé a una ambulancia para Elena, no por las heridas visibles, sino porque la negligencia deja heridas invisibles. Mientras esperábamos, Daniel empezó a poner excusas, como siempre hace la gente cuando se siente acorralada.
"No sabes lo duro que es vivir con alguien así", dijo, señalándola. "Se negó a trabajar. Se volvió inestable".
“Dejó de trabajar porque la aislaste”, respondí. “Le cortaste el acceso al dinero, a su teléfono, a sus amigos. Eso no es amor. Es control”.
La mujer agarró su bolso.
«No quiero tener nada que ver con esto», murmuró.
SOLO CON FINES ILUSTRATIVOS
—Elegiste la casa equivocada para aprender esa lección —respondí sin mirarla.
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