Estaba sin hogar y con tres hijos cuando di mis últimos tres dólares para ayudar a un anciano a comprar agua para sus medicamentos. Nunca imaginé que este pequeño acto de bondad desencadenaría una cadena de acontecimientos tan extraordinaria que un día despertaría con las llaves de un imperio.
El último año ha sido tan irreal que a menudo siento que vivo dentro de una novela. A veces me despierto preguntándome si todo fue un sueño. Pero la realidad siempre es más fuerte que cualquier sueño.
Para entenderlo es necesario saber dónde estaba mi vida hace dos años.
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