El regreso inesperado
Pasaron los meses. Intenté reconstruir mi vida y la de Sophie.
Trabajé a tiempo parcial, llevé a Sophie al preescolar y traté de no pensar en el bebé que nunca volvería a ver.
Pero una mañana, mientras preparaba el desayuno, sonó el timbre.
Afuera, una joven con un traje gris a medida estaba de pie. Sostenía una carpeta y sonreía cortésmente.
"¿Señora Miller?", preguntó.
"¿Sí?".
"Soy de la Fundación Torres", dijo. "Hay algo que debería saber".
Ella me entregó una carta, sellada con el mismo símbolo que había visto en el contrato.
Cuando lo abrí, mis manos temblaban.
Debido a circunstancias imprevistas con la familia adoptiva, la tutela del niño se ha redireccionado legalmente. La conexión biológica y el comité de revisión ética han determinado que el bienestar del niño se garantizará mejor bajo su cuidado, como madre biológica registrada.
Me quedé mirando el papel con el corazón acelerado.
Luego la miré. "¿Qué significa eso?"
Ella sonrió suavemente. "Significa que tu hijo te está esperando".
La segunda oportunidad
Unos días después, me lo trajeron: un bebé pequeño y regordete, con grandes ojos marrones y un ligero rizo en el pelo.
Cuando lo abracé, sentí como si el mundo se hubiera detenido.
Sus pequeños dedos rodearon los míos y, por primera vez en meses, me sentí completa de nuevo.
Sophie corrió hacia mí, riendo. "Mami, ¿ese es mi hermanito?"
Asentí, con las lágrimas nublándome la vista. "Sí, cariño. Es tu hermano. Se llama Daniel".
Esa noche, después de dormirlos a ambos, me senté junto a la ventana a ver cómo nevaba afuera.
Pensé en David: su fuerza silenciosa, su carta, su promesa.
Él se había ido, pero una parte de él había regresado a mí, no a través de milagros, sino a través del amor, el sacrificio y las decisiones tomadas desde el corazón.
Y mientras abrazaba a Daniel, le susurré: «Nunca debiste perderte. Siempre debiste volver a casa».
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