La hija de cinco años de mi marido apenas había comido desde que se mudó con nosotros. «Lo siento, mamá... no tengo hambre», me repetía noche tras noche.

 

 

 

Preparaba tortillas, arroz al horno, lentejas, croquetas; platos que cualquier niño comería con gusto. Pero ella simplemente movía el tenedor, bajaba la mirada y murmuraba:

“Lo siento, mami… no tengo hambre.”

Esa palabra, «mamá», me sorprendía cada vez; era dulce, pero tenía un peso oculto. Le sonreía, intentaba no presionarla y me esforzaba por crear un ambiente seguro. Pero la situación seguía igual. Su plato permanecía intacto noche tras noche, y lo único que conseguía comer era un vaso de leche por la mañana.

Hablé con Javier en varias ocasiones.

—Javi, algo no va bien. No es normal que no coma nada. Está muy delgada —le dije una noche.

Suspiró como si hubiera tenido esa conversación demasiadas veces antes.

Ya se acostumbrará. Fue peor con su madre biológica. Dale tiempo.

Había algo en su tono que no me convenció, una mezcla de cansancio y evasión. Pero no insistí; pensé que quizá necesitaba adaptarse.

Una semana después, Javier tuvo que viajar a Madrid por trabajo durante tres días. Esa primera noche, a solas, mientras limpiaba la cocina, oí unos pasos suaves detrás de mí. Era Lucía, con el pijama arrugado y una expresión seria que nunca le había visto en su carita.

“¿No puedes dormir, cariño?” pregunté, agachándome.

Ella negó con la cabeza, apretando su peluche contra el pecho. Le temblaban los labios.

“Mamá… necesito decirte algo.”

Esas palabras me dejaron helado. La levanté y nos sentamos en el sofá. Miró a su alrededor, como para asegurarse de que no hubiera nadie más, y luego susurró algo que me dejó sin aliento.

Una frase tan corta, tan frágil, tan devastadora… Inmediatamente me levanté, temblando, y fui directo al teléfono.

“Esto no puede esperar”, pensé mientras marcaba.

Cuando la policía respondió, mi voz apenas salió.

Soy... soy la madrastra de una niña. Y mi hijastra me acaba de decir algo muy serio.

El oficial me pidió que le explicara, pero apenas podía hablar. Lucía seguía a mi lado, abrazándome con fuerza.

Entonces la muchacha, apenas en un susurro, repitió lo que acababa de confesar.

Y al oírlo, el oficial dijo algo que hizo que mi corazón saltara.

—Señora… quédese en un lugar seguro. Ya hemos enviado una patrulla.

La patrulla llegó en menos de diez minutos. Diez minutos que se hicieron eternos. Durante ese tiempo, no solté a Lucía ni un segundo. La envolví en una manta y nos sentamos en el sofá. La cálida luz del salón contrastaba marcadamente con la sensación de que el mundo se acababa de derrumbar bajo nuestros pies.

 

 

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