Tomé aire.
Miré por última vez aquella casa.
Y salí.
Tres meses después del divorcio finalizado, tomaba un café frente al río en Monterrey. El sol me daba en los hombros. Mi vida era tranquila, prometedora, mía.
Acepté un puesto como directora en la división estadounidense de la empresa. Sin el peso de un matrimonio tóxico, mi carrera floreció.
Mi abogada sonrió cuando nos vimos:
—Te ves diferente —me dijo—. Más ligera.
—Me siento así.
—El divorcio destruye a muchos —añadió—. Pero a ti te hizo más fuerte.
Una mañana recibí un mensaje desconocido.
Rodrigo:
Estoy yendo a terapia.
Gracias por lo que fuiste. Lamento todo. Ojalá la vida te trate mejor de lo que yo lo hice.
Lo pensé un momento y contesté:
Lorena:
Ojalá la vida también sea más buena contigo.
No era perdón completo.
Pero era cierre.
Me vi reflejada en la ventana del café: firme, libre, completa.
A veces necesitamos que alguien nos subestime…
para recordar de qué estamos hechas.
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