Mientras él caminaba nervioso, yo revisé los documentos en la mesa. Entre ellos estaba justo lo que mi abogada ya había descubierto: Rodrigo intentó transferir activos conjuntos a su nombre, anticipándose al divorcio. Dinero mío. Ahorros míos.
No solo me había corrido.
Quiso dejarme en ceros.
—Si me ayudas —insistió—, puedo negociar con ellos. No quieres que mi negocio se arruine, ¿verdad? Tú todavía me quieres…
Lo miré a los ojos.
—Rodrigo… tú pediste el divorcio. Dijiste que yo no valía nada aquí.
Se puso pálido.
Saqué los documentos impresos —pruebas de transferencias ilegales, de ocultamiento de bienes, de fraude marital.
—Lorena, por favor… no hagas esto —murmuró.
Pero él ya se lo había hecho a sí mismo.
Ya no era la mujer silenciosa que se fue con media maleta.
—Ibas a quitarme todo —dije suavemente—. ¿Por qué? ¿Por orgullo?
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