“La corrió de su propia casa llamándola ‘inútil’… pero tres días después terminó rogándole entre deudas, fraudes y amenazas.”

 

 

Regresé a la casa —no porque él lo pidiera, sino porque mi abogada me aconsejó recuperar unos documentos—. Cuando abrí la puerta, Rodrigo ya no tenía aquella mirada arrogante. Tenía los ojos hinchados y revisaba la calle como si lo persiguieran.

—Lorena, perdóname —dijo rápido—. Estaba enojado… estresado. Hay problemas con la empresa.

“Problemas” era quedarse corto.

La sala era un desastre: papeles tirados, sillas volteadas, vidrios rotos. Alguien había estado ahí recientemente. Rodrigo cerró con seguro.

—Los inversionistas están amenazando con demandar —explicó—. Perdimos más dinero del que pensé… y ya se enteraron. Quieren que les pague de inmediato. Les dije que… que tú tenías ahorros.

Ah. Ya entendí.

No quería a su esposa de vuelta.

Quería una salvadora financiera.

—¿Cuánto debes? —pregunté.

—Catorce millones —susurró.

Casi solté una risa amarga. No por la cantidad… sino porque pensaba que yo iba a rescatarlo como siempre.

 

 

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