Regresé a la casa —no porque él lo pidiera, sino porque mi abogada me aconsejó recuperar unos documentos—. Cuando abrí la puerta, Rodrigo ya no tenía aquella mirada arrogante. Tenía los ojos hinchados y revisaba la calle como si lo persiguieran.
—Lorena, perdóname —dijo rápido—. Estaba enojado… estresado. Hay problemas con la empresa.
“Problemas” era quedarse corto.
La sala era un desastre: papeles tirados, sillas volteadas, vidrios rotos. Alguien había estado ahí recientemente. Rodrigo cerró con seguro.
—Los inversionistas están amenazando con demandar —explicó—. Perdimos más dinero del que pensé… y ya se enteraron. Quieren que les pague de inmediato. Les dije que… que tú tenías ahorros.
Ah. Ya entendí.
No quería a su esposa de vuelta.
Quería una salvadora financiera.
—¿Cuánto debes? —pregunté.
—Catorce millones —susurró.
Casi solté una risa amarga. No por la cantidad… sino porque pensaba que yo iba a rescatarlo como siempre.
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