La ironía me quemó la garganta. Durante cinco años, Rodrigo creyó que él era el proveedor principal porque su despacho de consultoría de repente tenía buenos meses. No sabía que yo ganaba más de 30 millones de pesos al año como ingeniera líder para una corporación europea. Nunca lo escondí… simplemente nunca lo presumí. Pensé que el amor no necesitaba cuentas por pagar.
Empaqué ligero: unos vestidos, mi laptop y la foto de mi mamá. Me fui sin defenderme, sin enojarme, sin explicarle que el coche que manejaba, los viajes que presumía y hasta la inversión inicial de su negocio habían salido de mi bolsillo.
El silencio después de cerrar la puerta fue más pesado que la maleta.
Me quedé tres días en un hotel en el centro. Arreglé un departamento temporal y hablé con una abogada. Pensé que Rodrigo seguiría con su narrativa de “yo no hice nada malo”.
Pero la tercera noche… llamó.
Su voz temblaba.
—Lorena… creo que cometimos un error. ¿Puedes regresar? Necesitamos hablar.
No respondí de inmediato. De fondo escuché gritos, una puerta azotándose, alguien exigiendo dinero. Rodrigo no sonaba como el hombre que me había corrido.
—Por favor —repitió—. Necesito tu ayuda.
El hombre que dijo que yo “no valía nada”… de pronto estaba desesperado.
Y no tenía idea de lo que yo había descubierto en esos tres días.
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