20.000 personas, un estadio lleno, Julio Iglesias en el escenario. Todo era perfecto. La música sonaba, las luces brillaban, las mujeres gritaban su nombre, un concierto como tantos otros. Y entonces Julio se detuvo. En medio de una canción sin explicación, sin aviso, dejó de cantar, bajó el micrófono, se quedó inmóvil mirando hacia el público. La banda siguió tocando unos segundos, confundida. Después, uno por uno, los músicos dejaron de tocar. El silencio se extiende por el estadio como una ola.
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