Horas antes de la gran competencia de baile, vi cómo mi cuñada rompía el vestido de mi hija y sonreía con desprecio. “Ahora sí mis niñas van a ganar”, dijo.

La abracé.

Meses después, Verónica pidió hablar conmigo. Estaba cansada. No derrotada. Cansada.

—No quería que Sofía ganara —admitió—. Tenía miedo de que mis hijas quedaran atrás.

—El miedo no justifica el daño —le dije—. Pero reconocerlo es un comienzo.

No volvimos a ser cercanas. Pero el respeto regresó, poco a poco.

Hoy, cuando recuerdo el vestido roto, no pienso en la traición. Pienso en la serenidad de Sofía. En su voz firme diciéndome “relájate”. En la lección silenciosa que me dio con solo doce años.

Porque hay victorias que no se cosen con tela…
se construyen con carácter.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.