Horas antes de la gran competencia de baile, vi cómo mi cuñada rompía el vestido de mi hija y sonreía con desprecio. “Ahora sí mis niñas van a ganar”, dijo.

Y en ese momento supe que la competencia apenas estaba comenzando.

La sonrisa de Verónica se desdibujó lentamente cuando vio el vestido rojo. Intentó disimular, pero sus ojos la traicionaron. No dijo nada más y salió del camerino con pasos rígidos. Yo respiré hondo por primera vez en varios minutos.

—¿Desde cuándo tienes eso? —le pregunté a Sofía mientras la ayudaba a cambiarse.

—Desde hace dos meses —respondió—. La profe Marta me dijo que en competencias grandes no siempre se juega limpio.

No era solo talento lo que Sofía había aprendido ese año. También había aprendido a protegerse.

Mientras la maquillaban, observé a las otras participantes. Las hijas de Verónica, Claudia y Elena, tenían vestidos casi idénticos al azul que ella había roto. De pronto, todo encajó. No había sido un arrebato. Había sido un plan.

Fui a buscar a la coordinadora del evento. No acusé. No grité. Solo pedí que revisaran las cámaras del pasillo del camerino “por una incidencia con vestuario”. Sabía que el lugar estaba vigilado.

La competencia comenzó.

Cuando Sofía salió al escenario, el auditorio quedó en silencio. El vestido rojo capturó cada foco de luz. Pero no fue solo eso. Bailó con una precisión y una emoción que no se enseñan. Cada movimiento tenía intención. Cada giro, control.

Verónica miraba desde la primera fila, rígida, con las manos apretadas.

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