Horas antes de la gran competencia de baile, vi cómo mi cuñada rompía el vestido de mi hija y sonreía con desprecio. “Ahora sí mis niñas van a ganar”, dijo.

Horas antes de la gran competencia de baile, vi cómo mi cuñada rompía el vestido de mi hija y sonreía con desprecio. “Ahora sí mis niñas van a ganar”, dijo. Me quedé paralizada, con el corazón en la garganta. No sabía qué decir ni qué hacer. Entonces mi hija de doce años me miró tranquila y susurró: “Mamá, relájate”. Me mostró algo que no esperaba ver. Empecé a reír… porque el vestido que ella había roto no era el que mi hija iba a usar.

Horas antes de la gran competencia nacional de baile en Barcelona, vi algo que todavía me quema por dentro cuando lo recuerdo. Estábamos en los camerinos del auditorio, un espacio estrecho lleno de trajes colgados, maquillaje y nervios contenidos. Mi hija Sofía, doce años, era una de las finalistas más jóvenes. Había trabajado durante años para llegar allí.

Yo estaba acomodando sus zapatos cuando levanté la vista y vi a mi cuñada, Verónica, de pie frente al perchero. Tenía el vestido de Sofía en las manos. El vestido azul que habíamos cosido juntas durante meses. Antes de que pudiera reaccionar, escuché el sonido seco de la tela rasgándose.

Verónica sonrió.

—Ahora sí mis niñas van a ganar —dijo en voz baja, con un desprecio que me dejó helada.

Me quedé paralizada. El corazón me golpeaba en la garganta. Miré la tela rota, los cristales decorativos cayendo al suelo, y sentí que todo el esfuerzo de mi hija se desmoronaba frente a mí. No grité. No reaccioné. Solo pensé: esto no puede estar pasando.

—¿Estás loca? —logré decir.

Ella se encogió de hombros.

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