La cara de don Alejandro se encendió de rabia… y de vergüenza.
—¿Es cierto, Isabela?
—Están editadas —chilló ella—. ¡La empleada está celosa!
—Reconozco tu voz —dijo él, con una calma peligrosa—. Y reconozco el veneno con el que has estado hablando todo este tiempo.
El “doctor” intentó escapar. También los enfermeros. En segundos se subieron a la ambulancia y huyeron como ratas cuando se enciende la luz. Isabela se quedó sola, acorralada por su propia voz.
Don Alejandro la echó. Sin gritos de telenovela, sin negociaciones: la echó con la frialdad de quien entiende que el amor sin respeto es solo un negocio disfrazado. Aun así, Isabela intentó llevarse joyas. Don Alejandro la descubrió, le quitó el collar de diamantes, le revisó la bolsa: había anillos, aretes y hasta documentos de acciones. Ya no había duda.
Después, arriba, don Alejandro se arrodilló frente a su madre y lloró como un niño.
—Perdóname, mamá… por no verte… por no escucharte… por casi dejarte sola.
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