—Tú debes ser la empleada —me dijo sin mirarme de verdad.
Esa noche hice chiles en nogada con el mismo cariño con el que mi mamá hacía mole los domingos. Isabela probó y torció la boca.
—No puedo comer comida tan… rústica. Alejandro merece algo refinado, internacional.
Doña Carmen se puso roja. Don Alejandro se incomodó, pero guardó silencio. Y ese silencio fue una rendija por donde Isabela comenzó a meterse.
Al principio fueron “sugerencias”: cambiar muebles, modernizar la decoración, contratar un chef, un estilista. Después vinieron las frases que parecían preocupación, pero olían a veneno.
—Tu mamá ya está grande, Alejandro. ¿No te preocupa que viva sola? Un día está bien, otro día se le olvidan las cosas… ya sabes cómo son los mayores.
Yo vi cómo esas palabras se le pegaban a don Alejandro como espinas. Y vi cómo doña Carmen, poco a poco, se encogía. La mujer que cantaba al regar las rosas empezó a quedarse callada. La que contaba historias con brillo en los ojos comenzó a mirar por la ventana con tristeza, como si el mundo le estuviera diciendo que ya sobraba.
—¿Será que ya no sirvo? —me preguntó una tarde—. Isabela dice que soy anticuada… que mi casa… que mi comida… que yo…
Ahí entendí algo: Isabela no estaba atacando solo la casa. Estaba atacando el lugar de doña Carmen en el corazón de su hijo. La estaba volviendo “un problema” para que ella misma pidiera desaparecer.
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