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Hijo Abandonó Su Madre en Una Casa Vieja… SIN SABER QUE ELLA SE VOLVERÍA MILLONARIA…

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"Ahorita no puedo, mamá. Tengo mucho trabajo. Solo un ratito, aunque sea el domingo. El domingo tengo una comida con los papás de Mariana". Guadalupe presionó el teléfono y la otra semana, “Voy a ver, mamá, te llamo luego, Ramiro, tengo que colgar”. Adiós. La línea se cortó. Guadalupe se quedó con el teléfono en la mano. Lo miró como si fuera un objeto extraño. Carmen estaba cerca, la había escuchado. Su hijo Guadalupe se acercó. Está ocupado. Carmen no dijo nada, solo puso una mano en su hombro.

Guadalupe guardó las monedas que le sobraban, camino de regreso a la casa vieja. El sobre amarillento seguía en su bolsillo. Lo tocó con los dedos. No sabía por qué lo cargaba a todas partes, pero algo le decía que no lo soltara. Guadalupe despertó con fiebre. El cuerpo le temblaba, le dolían los huesos, tosía cada vez que respiraba hondo. Se levantó despacio, no tenía medicina, no tenía dinero. Los 50 pesos se habían acabado hace días. Buscó en la maleta, nada.

Buscó en la bolsa de plástico vacía. Se sentó en la cama, miró el sobre amarillento en la mesita de noche. Papeles viejos. Lo tomó, lo miró. Quizás alguien me dé algo por ellos. Caminó hasta el pueblo, le tomó una hora. El sol le pegaba en la cabeza, las piernas le fallaban. Encontró un puesto en el mercado. Un hombre compraba cosas viejas, fierros, cartones, papeles. Disculpe, ¿compra documentos viejos? El hombre la miró. ¿Qué tipo de documentos? Guadalupe el sacó sobre.

No sé qué es. Mi esposo lo dejó. El hombre lo tomó, lo abrió, miró los papeles adentro, frunció el señor. Esto no me sirve, señora. Son papeles legales. No compro eso. Le devolvió el sobre. Guadalupe lo guardó. Algo adentro de ella sintió alivio. Carmen la encontró sentada en una banca del pueblo. ¿Qué hace aquí Guadalupe? Se ve mal. Estoy bien. No está bien. Tiene fiebre. Venga. Carmen la llevó a su casa, le dio té de manzanilla y una pastilla para la fiebre.

Tiene que ir con un doctor. No tengo dinero. Hay un licenciado en el pueblo que ayuda a la gente. También conoce doctores. Quizás pueda ayudarla. Guadalupe negó con la cabeza. No quiero molestar a nadie. Carmen la miró fija. Usted ha molestado a alguien toda su vida, ¿verdad? Guadalupe no respondió. Pues ya es hora de que alguien la ayude a usted. En la ciudad, don Aurelio estaba en su oficina. El abogado de la empresa entró con una carpeta.

Don Aurelio, tenemos un problema. ¿Qué pasó? El terreno donde está la bodega principal tiene una irregularidad. Don Aurelio dejó de escribir. ¿Qué tipo de irregularidad? Los documentos originales nunca se registraron bien. Hay un dueño anterior que nunca firmó la sesión. ¿Y quién es ese dueño? El abogado revisó sus papeles. Un tal Manuel Ortega murió hace años, pero su esposa sigue viva. Don Aurelio se recargó en la silla y ella tiene los papeles. No sabemos, pero si los tiene legalmente el terreno es de ella.

Don Aurelio apretó la mandíbula. Averigua quién es esa mujer y dónde está. Ramiro llegó a la oficina de don Aurelio. Mariana le había dicho que su papá quería verlo. Me mandó llamar a don Aurelio. Siéntate. Ramiro se sentó. ¿Conoces a alguien llamado Manuel Ortega? Ramiro pensó. Era el nombre de mi papá. Murió cuando yo tenía 15 años. Don Aurelio lo miró fijo. Tu papá tenía propiedades. No, era un hombre humilde. No tenía nada. ¿Estás seguro? Si. ¿Por qué, don Aurelio?

No respondió. Tu mamá tiene papeles viejos, documentos. Ramiro frunció el ceño. Mi mamá no tiene nada. Es una mujer mayor que apenas sabe leer. Don Aurelio lo miró un momento más. Está bien, puedes irte. Ramiro salió confundido, no entendía las preguntas. Carmen convenció a Guadalupe de ir con el licenciado. El licenciado Méndez tenía una oficina pequeña cerca del mercado. Cabello canoso, lentes horribles, escritorio lleno de papeles. Pase, señora, ¿en qué le puedo ayudar? Guadalupe se sentó. No sé si puedo ayudarme, solo tengo esto.

Sacó el sobre amarillento, lo puso en el escritorio. Méndez lo tomó, lo abrió con cuidado, sacó los papeles, los leyó. Su rostro cambió, levantó la vista, miró a Guadalupe. Señora, ¿sabe lo que es esto? No. Mi esposo lo guardó. Nunca me lo explicaron. Méndez volvió a leer, pasó las hojas, revisó los sellos. Esto es una escritura de un terreno. Mi esposo decía que tenía un terrenito, pero nunca sirvió para nada. Méndez se quitó las lentes, la miró directamente a los ojos.

 

 

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