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Hijo Abandonó Su Madre en Una Casa Vieja… SIN SABER QUE ELLA SE VOLVERÍA MILLONARIA…

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Puedo trabajar, se lavar, planchar, lo que necesite. No necesito nada. Guadalupe bajó la mirada. Gracias de todos modos. Salió sin nada. El sol le pegó en la cara. Siguió caminando. Encontró un teléfono público. Buscó en su bolsillo. Tenía unas monedas. marcó el número de Ramiro. Un timbre, dos timbres, tres. El número que usted marcó no está disponible. Colgó. Volvio a marcar. El número que usted marcó colgó otra vez. Se quedó parado frente al teléfono. Una mujer se acercó.

Tenía el pelo blanco recogido en un chongo. Cargaba una bolsa del mercado. Está bien, señora. Guadalupe la miró. Sí, solo estoy esperando. La mujer la observó. Usted es la que se mudó a la casa vieja de los Hernández, ¿verdad? Si. Soy Carmen. Vivo por allá atrás pasando el arroyo. Guadalupe asintiendo. Guadalupe. Carmen la miró un momento. Ya comió. Guadalupe no respondió. Venga conmigo. Tengo frijoles en la estufa. La casa de Carmen era pequeña, pero limpia. Olía a Epazote.

Carmen sirvió un plato de frijoles con tortillas. Guadalupe comió en silencio. Cada bocado le supo un alivio. ¿Tienes familia?, preguntó Carmen. Un hijo. ¿Y él dónde está? Guadalupe miró el plato. Él me trajo aquí. Carmen no dijo nada. No hacía falta. Sus ojos decían que entendía. ¿Y eso qué es? Carmen señaló el bolsillo de Guadalupe. El sobre amarillento asomaba. Guadalupe lo sacó. No sé cosas que dejó mi esposo. Ya lo revisó. No entiendo lo que dice. Carmen lo miró.

Puede ser importante. Deberías llevarte con alguien que sepa leer esas cosas. Guadalupe guardó el sobre. No es nada, solo papeles viejos. Cambió el tema. En la ciudad, Ramiro llegó a su casa. Una casa grande en una colonia privada, dos carros en la cochera, jardín con pasto verde. Mariana lo esperaba en la sala, rubia, delgada, uñas perfectas. ¿Ya te dejaste a tu mamá? Si. ¿Dónde? En una casa en las orillas. Está bien. Está tranquilo, Mariana. Ascendiendo. Qué bueno. No quería que mis hijos crecieran con esa influencia.

Ramiro no dijo nada. Mi papá nos invitó a cenar. Quiere hablar del negocio. Voy a cambiarme. La casa de don Aurelio era el doble de grande. Mármol en el piso, cuadros en las paredes. Una empleada uniformada abrió la puerta. Don Aurelio los esperaba en el comedor. Cabello blanco, traje caro, reloj de oro. Ramiro, Mariana, siéntense. La mesa estaba llena, carne asada, ensaladas, vino tinto. Don Aurelio cortó su carne mientras hablaba. Estoy pensando en expandir el negocio, comprar el terreno de al lado.

Ramiro ascendió. Me parece buena idea, don Aurelio. Necesito que te encargues de las ventas del próximo trimestre. Si los números suben, te doy una compensación. Cuente conmigo. Mariana llamando. Papá, estamos pensando en comprar una casa más grande para cuando lleguen los niños. Don Aurelio la miró. Primero que Ramiro demuestre que puede con el puesto. Ramiro tragó saliva. No lo voy a defraudar. Don Aurelio siguió comiendo. Eso espero. Mariana tomó la mano de Ramiro por debajo de la mesa.

Él sintió la presión, la exigencia. Por cierto, dijo Mariana, qué bueno que ya resolviste lo de tu mamá. Era incómodo tenerla en la casa. Ramiro miró a su plato. Sí, ya estás mejor allá. Don Aurelio levantó la vista. Tu mamá. Sí, la llevé a una casa en las afueras. Estaba estorbando un poco. Don Aurelio no comentó nada. Siguió comiendo. Ramiro sintió alivio. Nadie preguntó más. Los días pasaron. Guadalupe limpió la casa vieja, barrió las telarañas, lavó el piso con agua del pozo que encontró atrás, remendó el colchón con trapos.

Con los 50 pesos compré un poco de arroz, sal y cerillos. Cocinó en una estufa oxidada que encontró en la cocina. Funcionaba apenas. Carmen la visitaba cada tercer día. Le llevaba tortillas, a veces un poco de pollo. “No tiene que hacer eso”, dijo Guadalupe. “No tengo que quiero”. Una tarde Guadalupe encontró un pedazo de tierra detrás de la casa, se arrodillo, empezó a remover con las manos. Guadalupe recordó a su esposo Manuel haciendo lo mismo, quitando la tierra con las manos, plantando tomates en el patio de la casa vieja.

Un día vamos a tener algo mejor”, le decía. “Tengo unos papeles, un terreno que me dejó mi abuelo. Algún día va a servir.” Ella nunca entendió. Manuel murió antes de explicarle. Guadalupe siguió quitando la tierra. Las manos le sangraron. Era lo único que sabía hacer, una semana después, Guadalupe intentó llamar a Ramiro otra vez. “Mamá, ¿qué pasó?” “Nada, solo quería escucharte. ¿Puedes venir a verm?” Un suspiro del otro lado.

 

 

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