Ya voy, mi hijo. Tomó la maleta y caminó hacia la puerta. El carro se detuvo frente a una casa vieja en las orillas. El techo tenía hoyos, el pasto le llegaba a la cintura, no había vecinos cerca. Guadalupe miró por la ventana. Aquí, hijo. Ramiro apagó el motor. No la miré. Aquí vas a estar mejor, mamá. Es más tranquilo. Bajó del carro, sacó la maleta y una bolsa de plástico, las dejaron en el suelo frente a la puerta.
Guadalupe bajó despacio, miró la casa. miró a su hijo. Ramiro, ¿no vas a entrar conmigo? Él revisó su reloj. No puedo. Tengo un compromiso con Mariana. Quédate un ratito. Solo mientras. Mamá, ya aquí estarás bien. Guadalupe tocó el brazo de su hijo. Él se apartó. Abrio la puerta del carro. Te llamo luego. El motor arrancó. El carro polvo se levantó por el camino de tierra. Guadalupe lo vio alejarse hasta que desapareció. Se quedó sola con una maleta vieja, una bolsa de plástico y una casa que olía a encierro.
Guadalupe empujó la puerta. El rechinido cortó el aire. Arrastre la maleta adentro. Al jalarla, el viejo se rasgó. Un sobre amarillento cayó al piso. Guadalupe lo reconoció. Lo miré sin entender. Estaba sellado con letras que no reconocían. Lo guardó en el bolsillo de su vestido. Esa casa guardaba mucho más que abandono y Guadalupe, sin saberlo, cargaba la llave de todo. Pero en ese momento solo sentí el peso de haber sido dejado ahí para desaparecer. Guadalupe camino por la casa.
El piso crujía bajo sus pies. De arañas colgaban de las esquinas. El olor a humedad le picó la nariz. Encontró un cuarto con una cama vieja. El colchón tenía manchas amarillas. Las sábanas olían guardadas. Se acercó al apagador. Lo presionó. Nada. No hay luz. Fue a la cocina, abrió la llave del fregadero, salió un chorro de agua café, después solo gotas. Después de nada. Guadalupe se quedó mirando la llave seca. Abrió la bolsa de plástico que Ramiro le había dejado.
Sacó las cosas una por una, dos blusas viejas, una falda, un paquete de galletas María, un billete de 50 pesos. Eso era todo. Se sentó en la cama, los resortes rechinaron, miró por la ventana sucia, el sol comenzaba a bajar. Metió la mano en el bolsillo, sacó el sobre amarillento, lo miró otra vez. Las letras no le decían nada. Cosas de tu papá, lo guardó de nuevo. Guadalupe cerró los ojos, recordó. Se vio a sí misma hace 30 años la casita de una sola habitación.
El lavadero de cemento afuera. Ramiro dormido en el catre con 5 años apenas. Ella se levantaba antes del amanecer, ponía el agua a hervir, lavaba ropa ajena de rodillas con las manos en el jabón hasta que le sangraban los nudillos. Juntaba moneda por moneda en una lata de café para los útiles, para el uniforme, para que Ramiro tuviera lo que ella nunca tuvo. Nunca le dijo cuánto le costaba, nunca se quejó. Abrí los ojos, estaba sola otra vez.
La luz del día se apagó. La casa quedó en penumbras. No tenía vela, no tenía lámpara, no tenía nada. Guadalupe se acostó en la cama con la ropa puesta, abrazó la maleta vieja contra su pecho. Una lágrima le rodó por la mejilla. No hizo ruido. Afuera el viento movía el pasto alto. Adentro solo había silencio. Guadalupe despertó con el cuerpo adolorido. La luz entraba por los hoyos del techo. Se sentó en la cama. Le dolía la espalda, le dolían las rodillas.
Abrió el paquete de galletas, comió tres, las masticó despacio para que duraran, salió de la casa. El sol ya estaba alto. Caminó por el camino de tierra hasta que encontró una carretera. A lo lejos vio una tiendita con un letrero de Coca-Cola. Entró. Un hombre gordo estaba detrás del mostrador. Buenos días. ¿Me puedo fiar un poco de arroz y frijol? Le pago cuando pueda. El hombre la miró de arriba a abajo. No la conozco, señora. Aquí no fiamos.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.