Daniel se relajó, empezó a sentirse cómodo, empezó a pensar que aquello no era tan peligroso como se contaba. Y yo, estúpida de mí, también me relajé, también bajé la guardia, también olvidé que en el mundo del narco la comodidad es una trampa mortal. No sabía que nos estaban observando. No sabía que ya habían decidido el destino de mi hijo.
No sabía que esos hombres que le sonreían y le daban palmadas en la espalda ya estaban planeando cómo iban a matarlo. Daniel llevaba trabajando conmigo casi 3 años cuando todo se derrumbó. tres años en los que se había convertido en mi mano derecha, en el mejor ayudante de cocina que había tenido jamás. Había aprendido todos mis secretos, todas las recetas de mi madre y mi abuela, todas las técnicas que llevaban generaciones perfeccionándose en mi familia.
A sus 21 años cocinaba casi tan bien como yo y los sicarios lo adoraban. Doña Consuelo, su hijo va a ser mejor cocinero que usted”, me decían bromeando mientras devoraban los chilaquiles que Daniel preparaba. “Ya nos lo quiere robar el patrón para llevárselo a su casa principal.” Yo sonreía orgullosa, sin saber que esos mismos hombres que le hacían bromas ya habían firmado su sentencia de muerte.
El problema empezó en febrero de 2018. El CJNG estaba en guerra abierta contra el cártel de Sinaloa por el control de varias plazas en Jalisco y Colima. Había balaceras casi todos los días, levantones, ejecuciones, cuerpos colgados de puentes. La violencia estaba desatada como nunca antes y las casas de seguridad se habían convertido en cuarteles de guerra donde se planeaban operaciones militares.
Una noche de marzo hubo una reunión importante en la casa de Tlagoco. Llegaron jefes de varias plazas, comandantes que yo solo había visto un par de veces, gente con mucho poder y muchos secretos. Me pidieron que preparara una cena especial para 20 personas con todo lo mejor: Birria de res, carnitas, pozole rojo, todo el repertorio de la cocina jaliciense.
Daniel me ayudó a preparar todo durante el día. Trabajamos desde las 6 de la mañana hasta las 7 de la noche cuando empezaron a llegar los invitados. Servimos la cena en el comedor grande y después nos retiramos a la cocina a lavar los trastes mientras ellos hablaban de sus asuntos. Lo que no sabíamos era que la cocina estaba justo al lado del comedor, separada solo por una puerta de madera delgada y que esa noche los jefes iban a discutir algo que nadie debía escuchar.
No sé exactamente qué dijeron, no sé qué nombres mencionaron, qué operaciones planearon, qué traiciones descubrieron. Solo sé que en algún momento de la noche Daniel fue al baño que estaba al fondo del pasillo y para llegar tuvo que pasar junto a la puerta del comedor y que uno de los guardias que custodiaba la reunión lo vio detenerse un segundo, solo un segundo, cerca de la puerta.
Eso fue suficiente. Al día siguiente, cuando llegamos a trabajar, como siempre, el ambiente estaba raro. Los icarios, que normalmente saludaban a Daniel con bromas y palmadas, lo miraban de reojo evitándolo. Doña Celia, la encargada, me dijo que esa semana solo me necesitaban a mí, que Daniel podía quedarse en casa descansando.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Algo estaba mal, muy mal. ¿Pasó algo?, le pregunté a doña Celia tratando de controlar el temblor en mi voz. Ella me miró con esos ojos fríos que tenía y negó con la cabeza. Nada, consuelo. Solo queremos que el muchacho descanse unos días. Ha trabajado mucho. Le dije a Daniel que se quedara en casa esa semana.
Él protestó, dijo que estaba bien, que no necesitaba descanso, pero insistí, algo en mi instinto de madre me gritaba que lo mantuviera lejos de esa casa, aunque no sabía exactamente por qué. Pasaron tres días normales. Daniel se quedó en casa ayudándole a su hermana con la tarea, jugando videojuegos con Pedrito, viendo películas en la televisión.
Yo iba a trabajar sola. Cocinaba en silencio, observaba los rostros de los sicarios tratando de detectar algo que me dijera qué estaba pasando. El cuarto día, un jueves que nunca voy a olvidar mientras viva, llegué a casa después del trabajo y Daniel no estaba. Gabriela me dijo que había salido hacía dos horas, que le había llegado un mensaje al celular y se había ido sin decir a dónde.
Lo llamé, pero no contestó. Le mandé mensajes, pero no respondió. Esperé una hora, dos horas, tres horas, con el corazón latiéndome cada vez más fuerte, con el miedo creciéndome en el pecho como una bestia hambrienta. A las 11 de la noche escuché un carro estacionarse frente a mi casa. Escuché puertas que se abrían y cerraban, voces graves de hombres, pasos que se acercaban.
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