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“Fui Cocinera Del CJNG”: Env3n3né A 14 Sic4rios Que Mat4ron A Mi Hijoo”

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llegaba a las 6 de la mañana y me iba a las 8 de la noche. Preparaba tres comidas completas, más refrigerios para los que llegaban a desoras. Aprendí a cocinar para grupos de 10, de 20, de 30 personas. Aprendí a improvisar cuando los ingredientes escaseaban, a estirar los guisados sin que perdieran sabor, a tener siempre algo listo para quien llegara con hambre a cualquier hora.

También vias que ningún ser humano debería ver. Vi cómo llegaban camionetas con hombres amarrados en la cajuela. Amordazados, con los ojos vendados, vi como los bajaban a golpes y los arrastraban al sótano, de donde después subían gritos que trataba de no escuchar. Vi como los sicarios regresaban de sus trabajos con la ropa manchada de sangre que yo tenía que lavar a veces.

Vi cómo contaban fajos de dólares en la mesa del comedor, cómo empacaban droga en la cochera. Cómo planeaban asesinatos con la misma tranquilidad con que planeaban una carne asada. Pero nunca dije nada, nunca pregunté nada. Cocinaba, servía, limpiaba y me iba a mi casa con mis 3,000 pesos semanales en la bolsa.

era el precio de la supervivencia en un país donde la supervivencia tiene precios terribles. Los años pasaron 2011, 2012, 2013, 2014, el Secatata NG crecía como un monstruo imparable, tragándose territorios, eliminando rivales, volviéndose el cártel más temido de México. Y yo seguía cocinando para ellos. siguiendo la corriente, fingiendo que era ciega, sorda y muda.

Mi fama como cocinera se extendió dentro de la organización. Los jefes de otras plazas pedían que me mandaran a cocinar para sus eventos importantes, para sus fiestas privadas, para las reuniones donde se decidían cosas que yo prefería no saber. Me llevaban a casas en Zapopan, en Tlaquepaque, en Chapala. a veces hasta Michoacán y Guanajuato.

Conocí a comandantes, a contadores, a políticos y empresarios que se codeaban con el narco como si fuera lo más normal del mundo. Todos me trataban con respeto, todos elogiaban mi sazón, todos me llamaban doña Consuelo y me besaban la mano como si fuera alguien importante. Para ellos yo era casi de la familia. La señora que les daba de comer, que los cuidaba como una madre, cuida a sus hijos. Qué irónico.

Ellos me veían como madre y yo terminaría matándolos como a ratas. Ramiro murió en marzo de 2015 de un infarto fulminante mientras manejaba su tráiler en la carretera a Manzanillo. Se fue al barranco con todo y carga. Lo encontraron tres días después. Me dejó viuda a los 42 años con tres hijos que todavía me necesitaban, con una vida que se caía a pedazos.

Daniel ya tenía 18 años y había terminado la preparatoria con buenas calificaciones, pero no teníamos dinero para mandarlo a la universidad. Gabriela tenía 15 y soñaba con ser doctora. Pedrito apenas tenía 13. y todavía necesitaba que alguien le ayudara con la tarea. Fue entonces cuando cometí el error más grande de mi existencia, el error que me costaría todo.

Le conseguí trabajo a Daniel dentro del cártel. No como sicario, eso nunca se me habría ocurrido. Le conseguí trabajo como mi ayudante de cocina para que me acompañara y aprendiera el oficio mientras juntábamos dinero para que estudiara. ería como siempre había soñado. Le dije que era temporal unos meses nada más, que después buscaríamos algo mejor.

Daniel aceptó porque necesitaba el dinero, porque quería ayudarme, porque era un buen hijo que nunca me decía que no. empezó a ir conmigo todos los días a las casas de seguridad a aprender los secretos de la cocina que yo le enseñaba, a ganarse el cariño de los sicarios que atendíamos. Los hombres lo trataban bien, le hacían bromas, le daban propinas, lo invitaban a jugar fútbol en el jardín cuando había tiempo.

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