Traían consigo conocimientos antiguos sobre plantas, sobre remedios, sobre los poderes ocultos de la naturaleza que la ciencia moderna desprecia, pero que funcionan igual que funcionaban hace 1000 años. Mi abuela materna, que murió cuando yo tenía 5 años, era conocida en su pueblo como la que sana y la que mata, porque sabía preparar pócimas que curaban las peores enfermedades, pero también sabía preparar venenos que despachaban al otro mundo sin dejar rastro.
Mi madre heredó ese conocimiento y me lo transmitió a mí, aunque siempre con advertencias severas. Esto que te enseño es solo para emergencias, Consuelo. Me decía en voz baja mientras me mostraba las plantas que crecían en el monte. La hierba del alacrán quita el dolor de muelas, pero en dosis altas detiene el corazón. El toloache domina la voluntad, pero si te pasas enloquece y mata.
El chamico cura el asma, pero también puede cerrar los pulmones para siempre. Este conocimiento es un arma y las armas solo se usan cuando no hay otra opción. Yo escuchaba y memorizaba, aunque nunca pensé que algún día tendría que usar ese conocimiento para algo más que curar dolores de cabeza o espantar las plagas del maíz.
Me casé a los 18 años con Ramiro Delgado, un muchacho del pueblo vecino que trabajaba como chóer de camiones de carga. Era buen mozo, Ramiro, alto y moreno, con una sonrisa que me derritió desde la primera vez que lo vi en una fiesta patronal. Bailamos toda la noche. Me robó un beso detrás de la iglesia y tres meses después le pidió mi mano a mi padre con todo el formalismo que se usaba.
Entonces, Ramiro me llevó a vivir a Guadalajara, donde él tenía más oportunidades de trabajo manejando tráileres para una empresa de transportes. Dejé mi pueblo, dejé a mi familia, dejé todo lo que conocía para empezar una nueva vida en la ciudad más grande que había visto en mi vida. Los primeros años fueron terriblemente duros.
Vivíamos en un cuartito de lámina en la colonia Oblatos, un solo espacio donde cocinábamos, dormíamos y guardábamos todas nuestras pertenencias. No teníamos dinero más que para lo básico. No conocíamos a nadie en la ciudad. No teníamos más que nuestra juventud y nuestras ganas desesperadas de salir adelante.
Ramiro manejaba sus camiones de lunes a sábado, a veces semanas enteras sin volver a casa, recorriendo carreteras de Guadalajara, a México, a Monterrey, a la frontera. Yo me quedaba sola en ese cuartito extrañando mi pueblo, llorando de noche cuando nadie me veía, preguntándome si había cometido un error al dejar todo por seguir a un hombre.
Busqué trabajo donde pude para ayudar con los gastos. Lavé ropa ajena hasta que se me agrietaron las manos de tanto tallar. Limpié casas de gente rica que me miraba como si fuera un mueble más. Cuide niños ajenos por unas monedas y sé de todo lo que una mujer pobre puede hacer en una ciudad que no la conoce ni le importa.
Fue entonces cuando recordé las palabras de mi madre y descubrí que mi talento para la cocina podía ser mi tabla de salvación. Empecé vendiendo tamales en la esquina de la vecindad donde vivíamos. Solo los fines de semana. Al principio me levantaba a las 3 de la mañana a preparar la masa, a moler los chiles, a envolver cada tamal con el cuidado que mi madre me había enseñado.
A las 6 ya estaba en la esquina con mi bote de tamales humeando, esperando a los primeros clientes que salían a trabajar. Mis tamales eran diferentes a los que vendían las otras señoras de la zona. eran más grandes, más sabrosos, con más carne y menos masa. Usaba las recetas de mi madre, los secretos de generaciones de mujeres de mi familia que habían perfeccionado el arte de los tamales durante siglos.
La gente lo notó inmediatamente. “Señora, estos tamales están increíbles”, me dijo un albañil la segunda semana con la boca todavía llena. “¿De dónde es usted?”, Le conté que era de la sierra de Jalisco, que mi madre era cocinera famosa en la región. El albañil asintió como si eso explicara todo. Se nota, se nota.
Esto es comida de verdad, no las porquerías aguadas que venden por ahí. La voz se corrió rápido. En menos de tres meses ya vendía tamales todos los días y la gente hacía fila desde las 5 de la mañana para asegurarse de alcanzar antes de que se acabaran. Tuve que empezar a preparar el doble, luego el triple.
Agregué gorditas, sopes, quesadillas, tacos de guisado. Mi pequeño puesto de esquina se convirtió en el lugar más popular del barrio para desayunar. Con el dinero extra pudimos mudarnos a una casa mejor, un departamento pequeño, pero con dos cuartos, baño propio y una cocina donde podía trabajar sin estorbar. Ramiro estaba orgulloso de mí.
Me decía que era la mejor cocinera del mundo, que algún día íbamos a tener nuestro propio restaurante. En 1997, después de 2 años de intentar sin éxito, finalmente quedé embarazada. fue el embarazo más difícil de mi vida, con náuseas constantes, dolores de espalda que no me dejaban dormir y un miedo terrible de perder al bebé como había perdido otros dos antes. Pero aguanté.
Recé todos los días a la Virgen de Zapopan. Le prometí que si me daba ese hijo sano, lo iba a criar para que fuera un hombre de bien. Daniel nació el 15 de agosto de 1997, día de la Asunción de la Virgen, como si fuera una señal del cielo. Fue el día más feliz de mi vida entera. Era un bebé hermoso, gordito y rosado, con los ojos grandes y expresivos de su padre y la sonrisa amplia de mi madre.
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