todo. Iba a seguir cocinando para ellos y va a seguir sonriéndoles, sirviéndoles, tratándolos como reyes. Pero uno por uno, los que participaron en la muerte de mi muchacho iban a ir cayendo con mis propias manos, con mis propios guisados, con el mismo veneno que mi abuela zapoteca usaba para eliminar ratas en el campo.
Mi nombre es Consuelo Ramírez Vázquez, tengo 50 años y en los últimos dos años maté a 14 sicarios del cártel Jalisco Nueva Generación, usando la cocina que ellos mismos me habían enseñado a amar. Esta es mi confesión. Nací en un pueblo llamado San Martín de Bolaños, en el norte de Jalisco, donde la sierra se levanta tan alta que parece tocar el cielo y las nubes se quedan atrapadas entre los picos como algodones olvidados por Dios.
Era un pueblo pobre, olvidado por todos los gobiernos que han pasado por este país, donde la gente vivía de la mil parraquítica, del ganado flaco que pastaba entre las piedras. y de los milagros que le pedíamos a la Virgen de la Asunción cada domingo en la iglesia del pueblo. Mi padre se llamaba Refugio Ramírez.
Era campesino de los de antes, de esos que se levantan cuando todavía está oscuro y se acuestan cuando ya salieron las estrellas. Tenía las manos callosas como piedras de río y la espalda doblada de tanto cargar costales de maíz. Nunca fue a la escuela. Apenas sabía escribir su nombre, pero era el hombre más sabio que he conocido.
Me enseñó que la dignidad no se compra con dinero y que el trabajo honrado es la única herencia que vale la pena dejar. Mi madre era Soledad Vázquez y era la mejor cocinera de toda la región de Los Altos de Jalisco. Según decían los que probaban sus guisados. La gente venía desde pueblos lejanos para encargarle comida para sus bodas, sus bautizos, sus 15 años.
Su mole negro era famoso en cinco municipios a la redonda y sus tamales de elote eran tan buenos que el cura del pueblo decía que debían ser pecado porque daban demasiado placer. Éramos seis hermanos en total, cuatro mujeres y dos hombres. Yo era la segunda de las mujeres, la que desde chiquita mostró talento para la cocina. Mientras mis hermanas preferían jugar con muñecas o ayudar a mi padre en el campo, yo me pegaba a las faldas de mi madre y no me despegaba del fogón.
A los 7 años ya sabía hacer tortillas a mano, palmeándolas con el ritmo exacto que mi madre me había enseñado. A los 10 preparaba el mole para las fiestas del pueblo, tostando los chiles en el comal hasta que se ponían negros y soltaban ese aroma que te hacía llorar y salivar al mismo tiempo. A los 12 cocinaba sola para toda la familia cuando mi madre se enfermaba de sus achaques, que eran frecuentes por el trabajo duro de toda una vida.
La cocina era mi mundo, mi refugio, el único lugar donde me sentía verdaderamente poderosa y en control de algo. En la cocina yo mandaba. En la cocina yo decidía qué sabores se mezclaban, cuánta sal llevaba cada guiso, cuánto tiempo se dejaba hervir el caldo. Era mi reino pequeño, mi territorio sagrado. Mi madre me enseñó todo lo que sabía con la paciencia de una santa.
Me enseñó a seleccionar los mejores chiles en el mercado, apretándolos suavemente para sentir su textura, oliéndolos para detectar su frescura. me enseñó a tostar las especias en el comal de barro hasta que soltaran su aroma más profundo. Ese momento exacto en que el comino, el clavo y la pimienta explotan en fragancia y si te pasas un segundo ya se quemaron y arruinaste todo.
me enseñó a preparar el nix tamal con la cantidad exacta de cal para que la masa quedara suave pero firme, ni chiclosa, ni quebradiza. Me enseñó que cocinar no era simplemente mezclar ingredientes siguiendo una receta. Cocinar era un acto de amor, una forma de comunicarse sin palabras, una manera de darle a la gente algo de ti mismo en cada bocado.
La comida es amor, consuelo, me decía mientras me guiaba las manos sobre la olla de mole negro que borboteaba en el fogón. Cuando cocinas para alguien, le estás entregando un pedazo de tu corazón. Por eso hay que cocinar siempre con cariño, nunca con rabia, nunca con prisa, nunca pensando en otra cosa.
La comida siente lo que tú sientes y la gente lo sabe aunque no pueda explicarlo. Esas palabras se me quedaron grabadas en el alma para siempre, aunque años después las traicioné de la manera más terrible que se pueda imaginar. también me enseñó otras cosas, cosas más oscuras que no le contaba a nadie. Mi madre venía de una familia de curanderas apotecas que habían emigrado de Oaxaca a Jalisco hacía tres generaciones.
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