Cuando me trajeron el cuerpo de mi hijo Daniel envuelto en una cobija ensangrentada y me lo tiraron en la puerta de mi casa como si fuera basura, supe que mi vida había terminado. Tenía 22 años. Trabajaba conmigo en las cocinas del cártel y lo mataron porque escuchó algo que no debía escuchar durante una reunión de los jefes.
Yo llevaba 8 años cocinando para el CJ. Och años preparando desayunos, comidas y cenas para sicarios, halcones, comandantes y jefes de plaza. 8 años alimentando a los hombres más peligrosos de Jalisco, mientras ellos planeaban ejecuciones, levantones y masacres en las mismas mesas donde yo les servía el pozole.
Me pagaban bien, me trataban con respeto, me decían doña Consuelo y me besaban la mano como si fuera su madre. Pero cuando mi hijo cometió el error de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado, no dudaron ni un segundo en cortarle el cuello y aventarlo en mi puerta como advertencia. Esa noche, mientras lavaba la sangre de Daniel del piso de cemento, mientras cerraba sus ojos que todavía tenían el terror grabado, mientras le rezaba a la Virgen de Zapopan pidiéndole fuerzas para no morirme yo también de dolor, tomé una decisión que cambiaría
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