“Estoy muy gordo, señor… pero sé cocinar”, le dijo el joven colono al gigante ranchero.

 

 

 

Pasaron horas antes de que despertara. Cuando abrió los ojos, Ethan estaba a su lado, con la mirada húmeda.

—Pensé que te había perdido —susurró.

—Soy fuerte, señor —dijo con una débil sonrisa—. Las gorditas somos más fuertes de lo que parecen.

Se rió por primera vez en mucho tiempo, a través de sus lágrimas.

A la mañana siguiente, Ethan tomó una decisión. Fue al pueblo, encontró a Travis y lo confrontó.

"Te pagaré hasta el último centavo", dijo, arrojándole una bolsa de monedas.

"¿De dónde sacaste eso?" preguntó Travis.

Del trabajo honesto de una mujer más valiente que tú. Y si vuelves a acercarte a mi rancho, ningún trato ni ley te salvará.

Travis dio un paso atrás sabiendo que lo decía en serio.

Pasaron los meses y el Rancho Cole volvió a prosperar. Clara seguía cocinando, pero ya no dormía en el granero; Ethan le construyó una casita junto a la suya.

Un día, cuando el sol se ponía, se acercó a ella.

“Clara, tengo algo que decirte.”

—Sí, señor —lo miró ella, todavía con el delantal puesto.

“No quiero que me llames más 'señor'”

—Entonces, ¿cómo lo llamo? —preguntó sonriendo.

Se inclinó más cerca.

—Dime, Ethan. Y escucha con atención: este rancho ya no es mío. Es nuestro.

Clara se quedó sin palabras.

“No sé qué decir…”

—Dime que te quedarás —dijo bajando la voz—. Que no volverás a irte.

Ella lo miró con lágrimas en los ojos.

—Claro que me quedo, Ethan. Nadie me ha mirado nunca como tú. No por mi cuerpo, sino por quién soy.

La abrazó con ternura y respeto. El gigante y el cocinero que el mundo había rechazado habían encontrado, entre el polvo y la pérdida, algo que muchos pasan la vida buscando: el amor verdadero.

 

 

 

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