Estaba sentada en la sala de espera del médico cuando sonó mi teléfono. Era Ángela, mi única hija. Su voz sonaba extraña, casi fría, cuando dijo: —Mamá, vamos a viajar mañana a Europa. Tu casa de la playa y tu carro ya los vendí.

Los vecinos me saludaban con esa mezcla de lástima y curiosidad que reservan para las viudas recientes. Aurora, mi vecina de toda la vida, se acercó a mí una tarde mientras regaba las plantas del frente. Antonia, querida, ¿es verdad que Ángela se fue a Europa y te dejó sola? Sí, Aurora se fue con Eduardo. Tienen planes de negocio allá.
¿Y cómo vas a vivir, hija? Todos sabemos que Roberto no dejó mucho dinero. Si supiera, pensé, no te preocupes, Aurora. Voy a estar bien. ¿Necesitas algo? Puedo traerte comida, ayudarte con las compras. Eres muy amable, pero estoy bien, de verdad. Aurora me miró con esa expresión que conocía bien.

Era la misma mirada que había recibido después del funeral, con pasión mezclada con un poco de alivio de que no fuera su tragedia. Bueno, ya sabes dónde encontrarme si necesitas algo. Estas conversaciones se repetían constantemente. El carnicero, el panadero, la señora de la tienda de la esquina, todos me hablaban con ese tono suave que usan con los desafortunados.
Y yo asentía, sonreía, agradecía su preocupación, pero por dentro una parte de mí disfrutaba de esta actuación. Era como vivir una doble vida. Jorge me llamó un miércoles por la mañana. Señora Antonia, tengo buenas noticias. Logré anular la venta de la casa de la playa. Los compradores no sabían que la venta era fraudulenta, así que recuperaron su dinero sin problemas.
La casa es suya nuevamente. Excelente, Jorge. Y el edificio donde vive Ángela. Ese es más complicado. Técnicamente usted siempre ha sido la propietaria a través de la empresa, pero necesitamos hacer algunos cambios administrativos para que usted tenga control directo. Debería tomar otras dos semanas. Perfecto, manténgame informada.

Después de colgar, me senté en la cocina con mi café y pensé en Ángela. Llevaba tres semanas en Europa y no había sabido nada de ella, ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera una postal. Para ella, yo había dejado de existir en el momento en que obtuvo el dinero que necesitaba.
Pero yo sabía que eso iba a cambiar pronto. Decidí visitar la casa de la playa. Tomé el autobús hacia la costa, el mismo recorrido que Roberto y yo habíamos hecho cientos de veces. La casa estaba exactamente como la recordaba, pequeña, pintada de color crema, con una terraza que daba al mar. Los nuevos propietarios habían puesto algunas plantas en macetas, pero aparte de eso, todo estaba igual.

Me senté en la acera de enfrente y la miré durante una hora. Recordé las tardes de verano cuando Ángela era pequeña, corriendo en la playa construyendo castillos de arena. Roberto asando pescado en la parrilla mientras yo preparaba ensaladas en la cocina. Ángela trayendo amigos, después novios, después a Eduardo.
Todos esos momentos felices que ella había reducido a una simple transacción comercial. Un señor mayor salió de la casa y me vio sentada allí. Se acercó con curiosidad. ¿Está usted bien, señora? Sí, gracias. Solo estoy recordando. Conocía a los antiguos propietarios. Sí, los conocía muy bien. Qué lástima lo que pasó. Nos dijeron que la señora mayor estaba muy enferma y necesitaba vender rápido.

Nosotros pensamos que era una ganga, pero ahora resulta que la venta no era legal. Tuvimos que devolver la casa. Los conocieron personalmente. No, todo lo hicimos a través de intermediarios, pero nos dijeron que la hija estaba manejando todo porque la madre no podía. Qué situación tan triste. Si supiera cuán triste era realmente, pensé, bueno, me alegra que ustedes no hayan perdido su dinero.
Sí, por suerte todo se resolvió bien. Aunque ahora tenemos que buscar otra casa. Esta nos gustaba mucho. Me fui de allí con el corazón pesado. No era solo el dinero lo que me dolía. Era la facilidad con la que Ángela había mentido sobre mí. Había inventado una historia sobre mi enfermedad. Había usado mi supuesta vulnerabilidad para justificar sus acciones.

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