Ángela se quedó mirando los papeles tratando de procesar la información. ¿Cuánto tiempo has sabido esto? Desde el día que me llamaste del médico. ¿Sabías todo esto cuando yo regresé de Europa pidiendo ayuda? Sí. ¿Sabías que podías resolver todos mis problemas cuando me veías llorar todas las noches? Sí.
Hubo un silencio largo y tenso. Ángela cerró las carpetas y me miró directamente a los ojos. ¿Por qué, mamá? ¿Por qué me dejaste sufrir si podías ayudarme? Esta era la pregunta que había estado esperando durante semanas, porque necesitabas aprender algo que no podías aprender de ninguna otra manera.
¿Qué cosa? Necesitabas aprender el valor de las cosas que habías perdido, el valor de la familia, del respeto, de la responsabilidad. Cuando me abandonaste, no era solo dinero lo que me quitaste. Era dignidad, era amor, era confianza. Ángela comenzó a llorar, pero no eran lágrimas de autocompasión como las que había derramado durante estas semanas.
Eran lágrimas de comprensión profunda. Yo te abandoné cuando más me necesitabas. Sí, te traté como si fueras basura. Sí, y tú me salvaste de todas maneras. Sí, pero no de la manera que esperabas. No te salvé dándote dinero para que siguieras cometiendo los mismos errores.
Te salvé dejando que tocaras fondo para que pudieras aprender a salvarte a ti misma. Jorge intervino discretamente. Señorita Ángela, su madre ha pagado todos los gastos legales para librarla de las deudas de Eduardo. También ha recuperado todas las propiedades que fueron vendidas fraudulentamente. Usted está completamente libre de problemas legales. Y el trabajo de limpieza que conseguí.
Puedes dejarlo si quieres le dije. Pero espero que no lo hagas. ¿Por qué? Porque ese trabajo te está enseñando algo que nunca aprendiste cuando todo era fácil. Te está enseñando el valor del esfuerzo propio, la dignidad del trabajo honesto, la importancia de valorar cada peso que ganas. Ángela se limpió las lágrimas y me miró con una expresión que no había visto en años.
No era la mirada de una hija que necesita a su madre, sino la mirada de una mujer adulta que respeta a otra mujer. ¿Me perdonas, mamá? Ya te perdoné hace mucho tiempo, hija. La pregunta es si tú puedes perdonarte a ti misma. No sé si puedo. Hice cosas imperdonables. Las personas cometen errores, Ángela. Lo importante es lo que hacemos después de reconocer esos errores. Jorge nos dejó solas en su oficina por unos minutos.
Ángela y nos sentamos en silencio, procesando todo lo que había pasado. Mamá, quiero que sepas algo. Incluso si no tuvieras todo este dinero, incluso si realmente fueras la viuda pobre que yo pensé que eras, habría aprendido la misma lección.
¿Cuál lección? que no hay nada más valioso que tener a alguien que te ama incondicionalmente. Durante estas semanas, lo único que me mantuvo cuerda fue saber que tenía un hogar contigo, que no importaba cuánto había arruinado mi vida, tú seguías siendo mi madre. Eso nunca va a cambiar, Ángela. Lo sé, pero también sé que no puedo dar por sentado ese amor nunca más.
Tengo que ganármelo todos los días con respeto, con gratitud, con acciones, no solo con palabras. Salimos de la oficina de Jorge con una relación completamente nueva. Ya no éramos madre e hija unidas por la sangre y la costumbre. Éramos dos mujeres adultas que se habían elegido mutuamente después de pasar por la prueba más difícil posible.
Las siguientes semanas fueron de reconstrucción, pero no del tipo que Ángela esperaba. A pesar de que ahora sabía que yo tenía recursos suficientes para resolver todos sus problemas, ella decidió mantener su trabajo de limpieza nocturna. Mamá, necesito terminar lo que empecé”, me dijo una tarde mientras se preparaba para ir a trabajar.
No puedo simplemente regresar a una vida cómoda como si nada hubiera pasado. ¿Estás segura? No tienes que castigarte para siempre. No es un castigo, es una manera de recordar quién era y quién quiero ser ahora. La observé ponerse su uniforme de trabajo, algo impensable hace unos meses cuando vivía en el departamento lujoso con Eduardo, pero había algo diferente en su postura, en la manera en que se movía.
Ya no era la mujer quebrada que había llegado llorando a mi puerta. Era alguien que había encontrado dignidad en el trabajo honesto. Aurora vino a visitarme esa tarde, como hacía cada pocos días desde que Ángela había regresado. Antonia, hay rumores muy extraños circulando por el barrio. ¿Qué tipo de rumores? La gente está diciendo que tú no eres tan pobre como todos pensábamos.
Alguien vio a Ángela saliendo de una oficina de abogados muy elegante en el centro y después la vieron pagando todas sus deudas en el banco. La gente habla mucho, Aurora. Sí, pero también están diciendo que recuperaste tu casa de la playa y que de alguna manera lograste resolver todos los problemas legales de Ángela. Eso cuesta mucho dinero, Antonia. Aurora me conocía demasiado bien para engañarla por mucho tiempo.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.