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Estaba llorando cuando dejé a mi marido en el aeropuerto, creyendo que se iba a trabajar dos años en Canadá, pero en el momento que llegué a casa, transferí los $650,000 a mi propia cuenta y comencé los trámites de divorcio.

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Estábamos en la sala de salidas del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, Terminal 1.
Alejandro me abrazó con fuerza.

“Shh… está bien, cariño”, murmuró, pasando sus dedos suavemente por mi cabello. “Solo son dos años en Toronto. Tengo que aceptar esta oferta. Es para nuestro futuro. Podremos ahorrar muchísimo”.

Hundí mi cara en su pecho, con los hombros temblando.

“Te voy a extrañar mucho, Alejandro. Por favor, ten cuidado. Llámame siempre…”

“Te lo prometo”, dijo, dándome un beso en la frente. “Tú te encargas de todo aquí. Te quiero, Sofía”.

Lo observé mientras caminaba hacia inmigración.
Justo antes de desaparecer, se giró y me saludó con la mano por última vez.

Le devolví el saludo, con las lágrimas nublando mi vista.

Pero en cuanto desapareció de mi vista…
el llanto cesó.

Me sequé las mejillas lentamente.
La tristeza desapareció de mi expresión, reemplazada por algo distante. Controlado. Frío.

Salí del aeropuerto con paso firme y la cabeza en alto.

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