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“¡Ese es el collar de mi difunta mujer!”, gritó el magnate, pero la respuesta de la limpiadora lo…

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Pero el coche de usted estaba en llamas. Pensaron que nadie podría sobrevivir a ese infierno. Se rieron y se fueron. ¿Y mi madre? Preguntó Ivy acercándose al anciano. ¿Cómo? ¿Cómo salí yo de ahí? Elías la miró con una ternura dolorosa. Ella no murió en el impacto. Tu madre era una leona. Con las piernas rotas, con el cuerpo quemado. Se arrastro. Salió del coche antes de que el tanque de gasolina explote. El anciano señaló hacia el bosque imaginario a través de la pared del almacén.

La encontré en la vieja cabaña de cazadores a medio kilómetro de la carretera. Estaba gritando, pero no de dolor. Estaba de parto. Sebastian cerró los ojos apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Dios mío, Evely no tenía nada”, dijo Elías con lágrimas corriendo por su barba sucia, “solo un cuchillo de monte y unas mantas viejas. Ella me obligó a ayudarla. Me dijo: “Si salva a mi bebé, me da igual morir”. Y lo hizo. Te trajo al mundo en medio de la suciedad y la sangre, mientras la tormenta rugía fuera.

Abi tocó el camafeo en su cuello, sintiendo el peso de la historia. “Me dio este collar”, dijo ella. ¿Verdad? Me lo dio a mí”, corrigió Elías, “justo antes de antes de irse me hizo prometer que te llevaría lejos”. Dijo: “Si saben que está viva, volverán. Escóndela donde el dinero no pueda encontrarla.” Elías miró a Sebastián Por eso no fui a la policía, señor Cross Pensé que usted estaba muerto y pensé que si entregaba a la niña al sistema, los hombres del coche negro la encontrarían.

El orfanato era el único lugar seguro, un lugar anónimo. “Me robaste a mi hija”, dijo Sebastián con voz gélida, aunque sus ojos mostraban una mezcla de furia y gratitud, pero le salvaste la vida. De repente, la radio del detective Col, que había subido silenciosamente detrás de ellos, cobró vida con una ruidosa estática. “¡Jefe!”, gritó la voz de uno de los guardias de seguridad. Tenemos compañía, tres vehículos todoterreno acercándose por el camino principal. Han apagado las luces. Sebastián reaccionó al instante.

El dolor del pasado reemplazado por la amenaza del presente. “¿Son policías?”, preguntó. "Negativo, respondió la radio. Llevan armas largas. Están bloqueando la salida. Nos han encontrado". Gimió Elías retrocediendo hacia la oscuridad de la torre. Le dije que no viniera. Le dije que volverían. “Cole, saca a mi hija de aquí”, ordenó Sebastian, sacando una pistola que llevaba oculta en la espalda bajo su chaqueta. "Llévatela por la parte trasera. No me voy sin usted", gritó Ivy agarrando el brazo de su padre.

"Acabo de encontrar. Exacto." Sebastián la miró con intensidad feroz. "Y no voy a perderte otra vez. Col, muévete al suelo", gritó Cole. empujando a Aibi y Elías al piso. Un segundo después, el cristal de la ventana de la torre se estalló en mil pedazos. El sonido de un disparo de francotirador resonó en el aire, seguido por el silencio de una bala que se incrustó en la pared de metal a centímetros de la cabeza de Sebastián. “¡Están disparando!”, gritó Col, arrastrándose hacia la escalera.

Tenemos que bajar al sótano. Elías guía el camino. El montacargas, dijo el anciano temblando. Hay un viejo montacargas de grano que baja a los túneles. Vamos, ordenó Sebastián disparando dos veces hacia la ventana rota para cubrir su retirada. El grupo corrió hacia la plataforma oxidada del montacargas. Las balas repiqueteaban contra el metal del almacén como granizo mortal. Abajo se oía el sonido de puertas siendo derribadas y voces gritando órdenes en un idioma extranjero. ¿Quién hijo?, preguntó Ivy, aferrada al brazo de Elías mientras la plataforma descendía con un chirrido metálico.

Sebastián recargó su arma con movimientos precisos y fríos. “Los mismos que mataron a tu madre”, dijo él con una mirada que prometía una violencia terrible. “Y esta vez no voy a ser la víctima”. El montacargas golpeó el suelo de cemento con un impacto que hizo temblar los dientes de Ivy. El polvo se levantó en una nube asfixiante. “¡Muévanse!”, gritó Sebastian, agarrando a Ibi de la mano y tirando de ella hacia la negra del túnel. “Cole, cúbrenos”. El detective Cole se quedó atrás disparando hacia el hueco del ascensor, mientras las luces de las linternas de los atacantes comenzaban a descender por los cables.

“¡Vayan”, rugió Cole. Yo los detendré aquí. No voy a dejarte, protestó Sebastián. Tiene que sacar a su hija respondió Col recargando su arma. Corra. Sebastian maldijo en voz baja, pero sabía que el detective tenía razón. Empujó a Elías hacia adelante. Guíenos, anciano. ¿Adónde lleva este túnel? Al río jadeó Elías, cojeando lo más rápido que podía. Hay una salida de desagüe vieja a medio kilómetro. El grupo corrió por el pasillo estrecho y húmedo. El agua les llegaba a los tobillos, fría y maloliente.

Ibi tropezaba en la oscuridad, guiado solo por la luz del teléfono móvil de su padre. Detrás de ellos, el sonido de los disparos de col resonaba como verdaderos lejanos, seguido de una explosión sorda que sacudió las paredes. “¿Qué fue eso?”, preguntó Ivy deteniéndose. Cole ha volado la entrada, dijo Sebastian sin mirar atrás, aunque su voz estaba tensa. Ha derrumbado el túnel para ganar tiempo. Sigue corriendo. Corrieron hasta que sus pulmones ardieron. El túnel parecía interminable, lleno de ratas que chillaban y tuberías oxidadas que goteaban.

Finalmente vieron una luz grisácea al final, una rejilla de metal cubierta de enredaderas. Sebastián golpeó la rejilla con la culata de su pistola hasta que se dió. Salieron al aire libre, rodando por una pendiente de hierba húmeda hasta la orilla del río. La noche era oscura, sin luna. Allí señaló Elías, respirando con dificultad y señalando un cobertizo de madera medio podrido. Tengo mi vieja camioneta escondida allí. Corrieron hacia el vehículo. Era una camioneta oxidada de hace 30 años.

Pero el motor arrancó con un rugido estruendoso cuando Elías giró la llave. “Suban”, gritó el anciano. Sebastian empujó a Ibi al asiento del copiloto y saltó a la parte trasera, justo cuando dos vehículos todo terreno negros aparecían en la loma, rompiendo la maleza. “¡Aranca!”, gritó Sebastián golpeando el techo de la cabina. Elías pisó el acelerador, la camioneta se derrapó en el barro y salió disparada hacia el camino forestal. Las balas impactaron en el portón trasero haciendo saltar chispas.

Una persecución frenética comenzó a través del bosque. Los vehículos negros eran más rápidos, más modernos y sus luces LED cegaban a Elías a través de los espejos. “¡Nos van a alcanzar!”, gritó Ivyando hacia atrás. Sebastian desde la caja de la camioneta, disparaba con precisión fría hacia los neumáticos de los perseguidores. Uno de los vehículos negros perdió el control, chocó contra un pino y volcó en una bola de fuego. Pero el segundo vehículo seguía allí acercándose peligrosamente. “Elías, gira a la izquierda”, ordenó Sebastián, “hacia el puente viejo.

El puente está cortado”, gritó Elías. “¡Hazlo! Elías giró el volante con fuerza. La camioneta se inclinó sobre dos ruedas y entró en un camino de grava. El puente viejo apareció frente a ellos una estructura de madera que cruzaba un barranco profundo. Faltaban tablas en el medio. “Sujétense”, gritó Elías cerrando los ojos. La camioneta aceleró. Ibi gritó. El vehículo saltó sobre el hueco del puente golpeando el otro lado con un estruendo brutal que rompió la suspensión, pero aterrizó.

El vehículo perseguidor, demasiado pesado y rápido para frenar, intentó seguirles, pero las tablas podridas del puente se dieron bajo su peso. Él todo terreno cayó al vacío, desapareciendo en la oscuridad del barranco. Segundos después, se escuchó el impacto contra las rocas del río. Elías frenó la camioneta humeante un kilómetro más adelante. El silencio de la noche volvió a caer sobre ellos, solo roto por el sonido del motor agonizante. Sebastian bajó de la parte trasera, sucio de barro y pólvora, pero ileso.

 

 

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