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“¡Ese es el collar de mi difunta mujer!”, gritó el magnate, pero la respuesta de la limpiadora lo…

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Ese collar es de mi difunta esposa. El grito retumbó en el salón principal, silenciando de golpe las conversaciones. Sebastian Cross, el magnate más poderoso de Silver Creek, estaba de pie junto a su mesa con el rostro desfigurado por la ira. Su dedo índice apuntaba directamente al pecho de una joven empleada de limpieza. Ivy, paralizada en medio del salón, con un trapo sucio en la mano, sintió que la sangre se le helaba. Instintivamente soltó el trapo y se cubrió el cuello con ambas manos, protegiendo el camafeo dorado que colgaba allí

 

 

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