—¡Qué! ¡Sin permiso! —Tamara Andreyevna levantó las manos—. ¡Soy la madre de su marido! ¡Estamos celebrando una fiesta familiar! ¡Nos dio las llaves él mismo! ¿Significa eso que ya no pueden visitar a su hijo sin pasaporte?
—No estamos hablando de familia, estamos hablando de asuntos legales.
"No hay motivos", explicó el sargento con cansancio. "Su marido le dio las llaves, pero ella es la dueña. La dueña se opone. Así que debe irse."
Victoria hizo una mueca.
"¿Quizás también diga que su madre biológica es una tercera persona?"
"Dentro de la ley, sí", respondió la otra secamente.
Inna permaneció en silencio junto a la pared. Le temblaba el alma: justo ayer, sin duda habría intentado suavizar las cosas, llegar a un acuerdo, persuadirlo para que no "ventilara sus trapos sucios en público". Pero los trapos sucios ya estaban por todas partes.
"¡No me voy!", gritó de repente su suegra. "¡Esta es la casa de mi hijo! ¡Invirtió muchísimo! ¡Elegimos los muebles juntos! ¡Cuidé a mis nietos aquí! ¡Ustedes... ni siquiera saben cocinar borscht como yo!"
Este último argumento causó cierta confusión entre los sargentos.
"Tamara Andreyevna", dijo Inna en voz baja, "¿te vas voluntariamente?" ¿O debería ayudarte a empacar tus cosas?
"¡Te veré volver!", espetó su suegra con odio. "¡Alexey no te dejará entrar!".
Las palabras le impactaron más de lo esperado, pero Inna solo asintió:
"Alexey y yo decidiremos esto entre nosotras. Y ahora, por favor, sal de casa".
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